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Crónica Política

Las partes

Javier Sánchez de Dios

 
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Uno de los problemas más difíciles de resolver, probablemente, en el llamado "conflicto lingüístico" es el que se deriva de su propia naturaleza. O quizá, y para ser más exactos, habría que decir de su núcleo esencial: lo que se discute no es sólo un vehículo de comunicación con los demás, sino una señal de identidad vital, clave, que sirve para reivindicar la propia condición y las diferencias con otras,
Y es que, para castellanos o gallegoparlantes, el idioma no va sólo en la lengua, sino en la piel, en el corazón y hasta en el alma. Es un derecho primigenio, que está en la base de todos los demás y, por tanto, determina el resto, de tal modo que lo que se entiende por agresión contra él significa automáticamente que lo es contra el todo. Por eso la crispación alcanza al conjunto, y la indignación también, y por eso seguramente es tan peligroso hacer de un problema puntual una cuestión colectiva.
En esa línea, y a partir de la única idea realmente válida, pero difícil de aplicar, que es que los ciudadanos son libres para elegir qué lengua hablan, es preciso añadir de inmediato que las instituciones, y las Administraciones, han de procurar que ese derecho sea igual para todos. Y el ejercicio de la igualdad pasa por la equiparación plena de los dos idiomas oficiales y por el amparo activo para el que se encuentre en inferioridad.
Pero -conviene insistir- eso es más fácil decirlo que hacerlo, entre otras razones porque no se acepta desde algún sector algo que, por medible, no debería ser opinable: que a día de hoy el gallego está en peores condiciones de uso, y es menos utilizado que el castellano; por ello si alguno de los dos precisa protección es aquel y no éste. Y proteger el gallego no quiere decir, ni debe parecerlo, discriminar en negativo al español.
A estas alturas parece evidente que el conflicto, que sí existe aunque no haya llegado todavía de forma descarnada a la calle, estalla por dos motivos:. Uno, el error del bipartito al resolver mediante un decreto algo que precisaba otro hervor, lo que fortaleció la imagen de imposición. El otro motivo fue la utilización partidista, y desde luego electoral, de aquel error por quienes, en la orilla contraria, hablaron de esa imposición multiplicándola e incluso a veces sencillamente fabricándola.
En este punto, una reflexión: la cosa puede ir a más, así que hay que pararla entre todos.
¿O no...?

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