De modo que, cumpliéndose un plazo razonable para disponer de perspectiva -y siete años lo es, aunque permanezcan sin resolver incógnitas serias y trámites claves, sobre todo el juicio- quizá sea tiempo para reflexionar acerca del "efecto Prestige". Y lo que supuso en la vida política gallega, que quizá sea de lo que menos se hable hoy, especialmente en comparación con los aspectos, administrativos o ambientales.
¿Y qué supuso aquello? Pues ante todo el abandono, puede que definitivo, de la idea de que es posible una colaboración estrecha entre los partidos gallegos para resolver en común los grandes problemas del país. Hace siete años se institucionalizó la desconfianza en las intenciones del adversario después de que aquella Xunta pidiera respaldo específico en una crisis nacional y recibiera como respuesta dos mociones de censura en el Parlamento.
Es verdad que el PP, y sobre todo el "gobierno Aznar", cometió casi todos los errores posibles y alguno más ante la crisis -sobre todo al principio, pero no sólo: su presidente tardó semanas en viajar a Galicia, por pura y simple tozudez- y era inevitable que eso repercutiese en el PPdeG. Pero aún así, el PSOE -que ahora exige ayuda de todos para salir de la crisis económica- y el BNG quisieron aprovechar la que creyeron una buena oportunidad para quemar a la Xunta de don Manuel Fraga y antepusieron sus intereses al del país. Con escaso resultado a corto plazo, dicho sea de paso.
En esa línea, y desde luego respetando opiniones distintas, es probable que merezca la pena recordar también que el buque maldito se llevó por delante otra posibilidad política que, aún con enorme dificultad, se tanteaba entonces: el achegamento, la eliminación siquiera parcial de las barreras entre el PPdeG y el BNG, o lo que es lo mismo entre los señores Fraga y Beiras. Eso habría posibilitado, de concretarse, quizá algo parecido a lo que en Italia se llamó "compromiso histórico" entre comunistas y democristianos. Allí lo impidieron las Brigadas Rojas y aquí el Prestige y, en su estela, personas identificables, con nombre y apellidos.
De todo lo demás, de lo bueno -la consolidación a través de las movilizaciones de una conciencia de país esbozada cuando el aldraxe del primer proyecto de Estatuto- , y de lo malo -el daño ecológico y económico- está fresca la memoria. Quizá por eso convenía recordar lo otro, definido -en resumen- como la institucionalización de la desconfianza. Que aún perdura y que sería preciso eliminar ya.
¿No...?