De modo que, ahora que ya se conoce en detalle el proyecto de presupuestos de la Xunta, y mientras unos y otros lo desmenuzan, quizá no esté de más solicitar una reflexión sobre qué prevén para un segmento de la población gallega que padece la crisis por partida doble. Una, en las cuentas de su país de nacimiento, porque le aplica tijeras a las ayudas y otra en los de acogida, porque ninguno está como para alegrías financieras.
Los afectados son, por supuesto, los emigrantes o, si se quiere, los famosos integrantes del CERA, el Censo de Residentes Ausentes. Esos que cada vez que tocan aquí a urnas se ven en primer plano, pero sólo para ser utilizados en los peores momentos de la batalla electoral y más bien como carne de cañón. La desvergonzada actitud de los partidos los envía, después, otra vez a sus cuarteles de invierno para emplear a los supervivientes en otras guerras.
Es por eso que se defiende, aquí y ahora, este debate presupuestario como una buena oportunidad para romper la dinámica egoísta y para que en eso de las "políticas sociales" derivadas de la crisis se tenga en cuenta a gentes con las que este país acumula una enorme deuda histórica y con cuyo pago siquiera parcial tan rácano ha sido. Por ello, y por lo que antes se dijo acerca de que si a alguien castiga la crisis es a los débiles, hay que ayudar a quienes, en general en peor condición están: los emigrantes.
Y ya de paso, por supuesto, procede recordarle a los grupos parlamentarios de este país que tienen en sus agendas la obligación de hacer un seguimiento cercano de los acuerdos que en su día adoptaron. Y que lo hagan antes de que, sobre todo los más cínicos, vuelvan a acordarse de la Santa Bárbara electoral cuando truene otra campaña. Entre esos acuerdos hay uno, solemne: instar al Estado los cambios precisos para que los del CERA sean ciudadanos como los demás. A todos los efectos, incluidos los políticos. Por supuesto.
En este punto conviene recordar a los diputados/as de este país -acaso con la excepción del señor Núñez Feijóo, que algo ya dijo- que aquí y desde luego también en Madrid se comprometieron a reclamar el fin de un sistema en el que el voto emigrante carece de garantías democráticas, lo que convierte a los gallegos en el exterior en presa fácil de golfos y al sistema mismo en inseguro.
La pelota -por utilizar términos propios del área deportiva- está en el tejado de la Cámara gallega, y parece llegada la ocasión de jugarla. A ver qué hacen, pues, sus señorías. ¿Eh...?