Hace unos días publiqué un artículo comentando los datos de dos estudios científicos en los que se ponían de manifiesto los elevados índices de consumo de cocaína detectados en Miranda de Ebro y en el resto de la cuenca de ese río. Unos datos sorprendentes, porque la tipología del consumidor habitual de esa droga, que suele circular entre un público de alto nivel social y económico, no se compadece con el perfil medio de los habitantes de esa amplia comarca, mayoritariamente agrícola y ganadera. Y como las causas no quedaban suficientemente claras en los dos estudios aporté la teoría, un tanto extravagante, de un contertulio habitual del café, que la atribuía a la situación de estrés permanente entre la fuerzas de intervención en el País Vasco allí acuarteladas, y, sobre todo, entre los conductores de las furgonetas de un gran centro de distribución urgente de mercancías. A un amigo mío no le debió de parecer tan disparatada la opinión porque me regala un libro del que es autor Borja Cardelús y Muñoz Seca y lleva el sugerente título de El país de las furgonetas blancas. El señor Borja Candelus es nieto del conocido comediógrafo Pedro Muñoz Seca, autor de La venganza de don Mendo, que fue fusilado en Paracuellos del Jarama durante la guerra civil. Durante ese trágico trance se le atribuye esta frase dedicada a sus ejecutores: "Me temo que ustedes no tienen la intención de incluirme en el círculo de sus amistades". Por lo que parece, el nieto ha debido heredar algo del sentido del humor de su abuelo y en su obra desarrolla una tesis que era muy común entre los escolares nacidos en las décadas de los cuarenta y de los cincuenta, y adoctrinados, por tanto, en el estilo pedagógico de la época. Según aquella tesis, nuestro país había malgastado alegremente el enorme potencial económico que supuso el descubrimiento y conquista del continente americano. Un 20% del oro y la plata que venían de América pertenecía al Estado (el llamado "quinto real"), pero al poco de llegar a Sevilla era destinado inmediatamente a pagar el ejército desplegado por todo el mundo para mantener el imperio y a devolver los préstamos de los bancos extranjeros. El 80% restante era propiedad exclusiva de los particulares residentes en América, que se lo gastaban en lujos y en comprar los productos que se fabricaban en otros países europeos, por no hablar de la sangría que supusieron los ataques de los buques corsarios a nuestros barcos mercantes (en la bahía de Rande todavía están buscando los tesoros de la flota allí hundida). Esta política económica disparatada nos llevó a la ruina durante varios siglos hasta que llegó la gran oportunidad del ingreso en la Unión Europea, después de los años del peculiar desarrollismo franquista (turismo y construcción). Pero los vicios de la raza permanecen y, según apunta Borja Cardelús, hemos vuelto a desaprovechar el maná de las ayudas europeas en obras innecesarias (excepto el AVE y las autovías), en la especulación inmobiliaria y en la distribución de servicios. "Y así como el paisaje del desierto se llena de ranas tras la lluvia –escribe– España se llenó de furgonetas blancas, dedicadas a distribuir objetos y máquinas fabricadas en otros países. El español es nómada y autónomo por naturaleza y como antes trashumaba con las ovejas hoy lo hace con las furgonetas". La tesis sin dejar de ser cierta es un tanto exagerada. Pero el humorismo es así. No se le pide que sea exacto sino que divierta.