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Áspero y Sentimental

Los criminales, los dioses y los perros

Jose Luis Alvite

 
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Cuando yo empecé en esto, hace casi cuarenta años, “El Correo Gallego” era un periódico agonizante en el que la rotativa se atascaba casi tanto como el retrete. El periodismo era mi única vocación innegociable y no me habría resignado a cualquier otro trabajo, así que acepté el empleo a pesar de que el sueldo daba apenas para pagarte las copas en sitios en los que entrar no era ni la mitad de agradable que salir. Empecé en la sección deportiva, que era la más leída y al mismo tiempo la de menor prestigio en una época en la que el periodismo era por lo general considerado un trabajo en el que por un puñado de calderilla podías perder al mismo tiempo la inocencia, la reputación y la familia. No me importó en absoluto ser el último mono de una redacción en la que cualquiera de aquellos veteranos periodistas llevaban en la oscuridad más tiempo que la mitad de los murciélagos. Como tampoco me importó encargarme a ratos perdidos de la confección del pronóstico meteorológico, tomando como referencia la información de la agencia Efe para dibujar sobre un mapa mudo el sol y los paraguas, las nubes, la niebla, incluso, si se terciaba, la delicada pantomima del viento. A veces el director me encargada tarde y arrastro la nota necrológica de algún cadáver de última hora y yo resolvía con una anotación en la que ponía en la ponderación del difunto el mismo empeño que si se tratase de resucitarlo. Todo en el fondo era periodismo y servía para colmar la aspiración de un principiante al que incluso le parecía noticia la provinciana apatía de una ciudad en la que en apariencia no ocurría nada que no valiese la pena olvidar. En aquellos benditos días bautismales mi entusiasmo podía con todo, aunque era evidente que me había estrenado como profesional en un periódico de páginas muy sucias cuya lectura resultaba más fácil si se aclaraba el ejemplar metiéndolo en lejía. Los finos periodistas de Madrid hablaban a menudo de la lectura entre líneas y yo creía que se trataba de una exquisita pandilla de privilegiados relojeros que habrían renunciado a la profesión si se viesen abocados a escribir en aquel periódico compostelano en el que con un poco de suerte solo podías aspirar a ser su mancha más leída. Seguramente ninguno de aquellos ilustres periodistas habría sobrevivido a las penosas servidumbres técnicas de un diario periférico en el que mismo parecía que la primera página sólo fuese necesaria para esconder el resto. Ni habrían soportado el ritmo al que nos veíamos obligados a trabajar los escasos redactores de entonces, entre los que, por cierto, ninguno vivía exclusivamente del lujoso capricho de ser columnista. Recuerdo la presencia de Pilar Urbano en Compostela con motivo de la visita oficial de los Reyes a Galicia en julio del 76. Al final de una de las agotadoras jornadas, una noche José Manuel Rey Nóvoa le cedió su despacho a Pilar Urbano para que pudiese redactar a gusto el texto que la columnista escribía a diario para un periódico de Madrid. En el tiempo en el que ella despachó el folio y medio de su trabajo, yo tuve que arreglármelas para escribir dos páginas completas sin ceder ni al cansancio ni al desánimo de sentirme desfavorablemente comparado con quien ya era entonces una auténtica estrella de la profesión. Al día siguiente leí su artículo y me dije a mi mismo que la distancia no era tanta como yo mismo había supuesto, auque, eso sí, hube de aceptar que mientras ella influía en centenares de miles de lectores, yo tendría que conformarme con ser aquella mañana la mancha más destacada de mi periódico. No era mucho pero me parecía suficiente. Muchas madrugadas esperaba al pie de la rotativa para coger en mis manos los primeros ejemplares del periódico y bendecirlos como si fuesen el pan primerizo de la mejor panadería de la ciudad. Después trasnochaba en cualquier garito que cerrase tarde y me retiraba a casa al borde del amanecer con la catarata del cansancio en los ojos, la conciencia tranquila y la relativa certeza de haber dado un paso más hacia el sagrado objetivo de resistir hasta la muerte en un oficio en el que una noche me dijo José Manuel Rey Nóvoa que si no se sabe contar a tiempo, incluso el próximo amanecer es una noticia vieja. Ahora me tomo el oficio con la equívoca calma de los viejos columnistas, pero no hay un solo día que no eche de menos los tiempos neófitos y trepidantes de antes de madurar, de cuando --¿recuerdas, José Manuel Rey Nóvoa?-- de cuando los periodistas teníamos la vocación de los médicos, el horario de las putas y aquel instinto que nos llevaba a encontrar las noticias en los mismos sitios en los que meaban juntos los criminales, los dioses y los perros. Ahora “El Correo Gallego” es un magnífico periódico que se lee bien, pero yo, ¡que demonios!, yo, por una pizca de nostalgia y en homenaje a mis compañeros de entonces, todavía a veces, ¿sabes, José Manuel?, todavía a veces pienso en lo feliz que fui cuando con las prisas del oficio la máquina de escribir sonaba suave, indolora y levadiza, como si estuviese transcribiendo los dolores de la vida sobre un bastidor de seda con las analgésicas agujas de la acupuntura.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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