Aunque sólo afecte a los fichajes que se cierren del año 2010 en adelante, la anunciada subida de impuestos a los futbolistas extranjeros acaba de desatar un conato de rebelión entre los clubes de España. Tanto es así que sus presidentes llegaron a amenazar con una huelga de botas caídas, lo que sin duda supondría una catástrofe nacional en un país tan devoto del balón como éste.
La clave del asunto reside en que los artistas de la pelota retribuidos con miles de millones de pesetas al año gozan de la prerrogativa de tributar sólo un 24 por ciento de esos estratosféricos ingresos. Se trata de un privilegio en el más estricto sentido de la palabra, dado que muchos otros ciudadanos españoles que ni de lejos alcanzan esas ganancias han de pagar religiosamente –es decir: blasfemando-- un 43 por ciento de lo que perciben en bruto.
Príncipes a la hora de cobrar, pero mendigos –o como mucho, mileuristas-- a los ojos de Hacienda, los futbolistas extranjeros han encontrado en España su particular paraíso fiscal. Y no sólo ellos, naturalmente. También los clubes se benefician de estos alicientes tributarios para competir con ventaja en el mercado internacional de los fichajes. Es natural que sus presidentes, tan sueltos de chequera, se quejen por la próxima supresión del privilegio que reducirá sus posibilidades de seguir fichando a lo mejorcito de cada casa. Así, lógicamente, no va a haber quien engorde como hasta ahora sus plantillas con ronaldos, ibrahimovichs, kakás, benzemás y otros refulgentes astros que dan brillo a la autoproclamada Mejor Liga del Mundo (y parte del Universo).
Lo curioso del asunto es que estas ventajas fiscales, urdidas en el año 2004 por el gobierno que entonces presidía Aznar, no guardaban en principio relación alguna con el mundo del balompié. Bien al contrario, se pretendía estimular con ellas la arribada a España de científicos de élite, ejecutivos de empresas multinacionales y cráneos privilegiados en general; pero lo cierto es que los beneficiarios han sido los jugadores de fútbol. Parece lógico. Puede que no todos tengan un gran cerebro, pero a cambio los hay que rematan espléndidamente de cabeza.
Para ser justos, no son los únicos multimillonarios a los que el Estado y su brazo armado de Hacienda tratan aquí con mimo. De hecho, fue un gobierno de izquierdas el que ideó y puso en práctica la hoy famosa fórmula de las SICAV, sociedades de inversión que permiten a las grandes –grandísimas-- fortunas tributar la muy módica carga del 1 por ciento de sus beneficios.
Lo mismo ocurrió con los futbolistas. Sabedores de que el fútbol es la más populosa religión de España y la única capaz de reunir a millones de feligreses cada domingo en los estadios –a menudo llamados “catedrales”--, los clubes han utilizado esta multitudinaria fe para chantajear al Estado. Con gran éxito, por cierto. Hasta en dos o tres distintas ocasiones, Hacienda y la Seguridad Social han perdonado sus deudas al fútbol, aunque incumpliesen el mandato bíblico al no perdonarles las suyas a los restantes deudores. Y otras tantas veces han vuelto a endeudarse hasta las cejas los clubes así beneficiados por el derroche de los impuestos de la ciudadanía.
Por si esas prebendas no bastasen, el Gobierno facilitó la contratación de las mejores ganaderías de jugadores del mundo mediante una fiscalidad extremadamente ventajosa que reducía a la mitad los impuestos a pagar por los futbolistas extranjeros. En un arrebato de lucidez, las autoridades quieren suprimir ahora tan agravioso privilegio y, como es natural, se han encontrado con una amenaza de huelga en los estadios. Nada más peligroso en estos tiempos de crisis que, a falta de pan, exigen aumentar la dosis de fútbol para tener distraído al paisanaje. Aún no se sabe qué, pero ya verán cómo algo le sacan los clubes al Gobierno. A la fuerza ahorcan.
anxel@arrakis.es