Pues la verdad es que, visto desde el liberalismo más ortodoxo, pocas pegas se le pueden aplicar a la teoría que ayer expuso el señor conselleiro de Economía acerca de su esquema ideal para el buen funcionamiento de las empresas. Y es que a estas alturas ya ni siquiera la izquierda discute que la eficiencia, la solvencia y la competencia son elementos claves para la supervivencia primero y para el progreso después, así que punto.
El problema puede surgir cuando don Javier Guerra eleva el punto de mira y defiende como lo hizo ayer, el lema padre del liberalismo, el laissez faire laissez paser y la escasa injerencia de lo público en el campo económico que algunos interpretan de forma más amplia y definen como "principio de la ausencia" en las relaciones mercantiles. Algo que, llevado ad simplicem -y la oposición lo hará, a buen seguro- entroncaría con los neocom y demás parentela.
Su señoría, que fue cocinero -o sea, empresario, y de éxito- antes que fraile de la Administración, matizó de inmediato sus tesis y, citando al IGAPE , que es su responsabilidad y al fin y al cabo un instrumento de intervención, admitió las ayudas públicas al sector privado pero en situaciones especiales y limitada a aquellos que tengan proyectos solventes. Algo que suena muy bien pero que a la hora de definir puede suponer una tarea endiablada.
El principio general, que también encaja en la prédica liberal, es que no resulta deseable una economía subvencionada y que por tanto ha de primarse la iniciativa e incluso cierta osadía, quizá por aquello de que fortuna audaces iuvat. Pero don Javier tendría que haber aquilatado más aún, recordado que Galicia es lo que es y que, cuando se es así, lo público está para lo que está -que es garantizar, dinamizar y ayudar, se le llame como se quiera-, y si no sobraría.
Los juglares del Departamento replicarán, sin duda, que el señor conselleiro sabe de ese papel y precisamente por eso retoca el IGAPE como lo retoca. Y podría ser, pero aún así deja dudas sobre si su objetivo real no será, en último término, reducir el Instituto, más que a la promoción, a una especie de un repartidor de premios a los más listos de la clase, quienes se saben mejor la lección pero que no siempre aciertan a la hora de aplicarla. Y eso, en Galicia, uf.
En todo caso, hay algo imposible de olvidar: que la crisis está ahí, va a durar todavía y hay que salir de ella aún a costa de aplazar las teorías.
¿O no...?