Pues la verdad es que le va a costar trabajo, y no poco, al mando socialista convencer a los ciudadanos de su cambio de actitud en lo que a la corrupción se refiere. La dificultad se deriva sobre todo de la impresión de que su repentina conversión a la sensatez y su prédica en favor de la honradez generalizada de la clase política no es tanto por convicción cuanto porque le ha reaparecido en propias filas el problema que ta padeciera con virulencia en los años noventa.
Hasta ahora al PSOE le había resultado fácil -con lo de la "Operación Gürtel", la debilidad del liderato del señor Rajoy y la idiotez congénita que para lo mediático padece la derecha española- ensañarse con el PP. Y como la saña estaba aderezada con un manejo escandaloso del sistema fiscal y aún del policial, a la vez que con el uso masivo de trompeteros, el resultado justificaba la idea de que aquí "tó er mundo é gueno" salvo, claro, el de la caverna conservadora. Y olé.
Y en esto llego Pajín y mandó parar. O cuando menos frenarlo, porque no resulta fácil disimular lo de Castro do Rei, Santa Coloma, El Ejido, o el caso de la aliada del PSOE en Baleares, esa tal Munar. Lo habían logrado en cierto modo cuando los escándalos de Marbella, que pasaron como si la Junta de Andalucía no tuviera el deber de custodia que incumplió, pero ahora ya no pueden. Y por eso les ha entrado la manía de predicar que la política es algo sano aunque en ocasiones padezca alguna enfermedad.
Lo peor es que cada vez hay menos que se lo crean. Porque cada día está más extendida la idea de que si se hiciesen investigaciones a fondo, no pocos municipios tendrían que explicar lo inexplicable. Y abundan los que se preguntan por qué fallan tanto los controles contra los sinvergüenzas, dónde está la frontera entre la golfería personal y la institucionalizada y por qué, sin ir más lejos, falta una ley clara sobre la financiación de los partidos, por ejemplo, ausencia que da cuerpo a la sospecha de que quizá no todo sea lo que dice Pajín.
A las gentes de la política, alguien debería decirles que las prédicas de hogaño no convencen porque se contradicen con las prácticas de antaño. Y es que con ésas se demostraba que lo interesante en verdad era el mal del adversario y no el bien del común, y con éstas sólo se palpa el miedo a que la sociedad les vuelva la espalda. Un miedo justificado, además, porque las encuestas coinciden en una cosa: que son cada vez menos los que se fían de los políticos y de sus discursos.
¿O no...?