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Crónicas Galantes

Con Rajoy ya se sabe que nunca se sabe

Anxel Vence

 
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Imparcialmente acorralado por la sombra del Bigotes, por las espantadas de la liberal Aguirre, por el hiperalcalde Gallardón, por el valenciano Camps y hasta por su mentor José María Aznar, el líder del PP Mariano Rajoy vuelve a ejercer en estos días el arte de la ambigüedad que ya practicó hace un año tras su derrota en las elecciones.
Si entonces mantuvo el suspense sobre su continuidad durante algunas jornadas, ahora ha aplazado al próximo martes la decisión que acaso tenga ya en mente para poner orden en el confuso gallinero de su partido. Un corral en el que, contra toda lógica, el número de gallos que alzan la cresta y el quiquiriquí está a punto de exceder al de las gallinas.
A tanto ha llegado el desbarajuste dentro del principal partido de la oposición que hoy, como hace un año, empiezan a correr ya las apuestas entre quienes creen que Rajoy tirará la toalla y aquellos otros que aún confían en verle aguantar un par de asaltos más en el ring. Los primeros parecen llevar ventaja, desde luego. Aboga a favor de esta hipótesis el hecho de que su liderazgo haya sido puesto en cuestión nada menos que por José María Aznar, el presidente que ungió con su dedo mágico a quien hoy es líder de la oposición por su obra y gracia.
Dijo Aznar en frase envenenada que "para ejercer el liderazgo no puede haber más de un líder": y a esa carga de profundidad hay que añadir la que ha lanzado el que en su día fue fichaje-estrella de Rajoy, Manuel Pizarro, tras comparar al actual jefe del PP con un pastor a quien se les "desparraman" las ovejas. Por si esa bucólica metáfora no se entendiese bien, Pizarro agregó que Rodrigo Rato sería un magnífico presidente del Gobierno.
Acosado y probablemente agobiado por tan vasta conspiración en su contra, Rajoy podría acogerse a la famosa consigna: "Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros", acuñada por su maestro y mentor ideológico, el que fuera multiministro Pío Cabanillas (El Viejo). Autor de frases históricas como "Vamos a ganar, aunque todavía no sabemos quiénes", Cabanillas fue, en efecto, el modelo de político a la gallega cuyas reconocidas astucias parecen servir de inspiración a su paisano Rajoy en momentos difíciles. Prueba de ello es que, justo un día antes de ser designado oficialmente sucesor de Aznar, el actual líder del PP disfrutaba sembrando la confusión entre los periodistas con un enigmático: "No parece razonable que cuente lo que sé". Todos sabían lo que sabía, pero, por elemental precaución, nadie se atrevió a formular un pronóstico.
Efectivamente, con Rajoy lo único que se sabe es que no se sabe nada. Parecía que iba a dimitir cuando salió cariacontecido al balcón de Génova en la noche de su segunda derrota electoral, pero quienes lo interpretaron así –y fueron muchos– no tardarían en valorar la complejidad psicológica del personaje. Despistó entonces a casi todo el mundo y ahí sigue, misterioso en sus designios como una esfinge.
Si de los gallegos suele decirse que nunca se sabe si suben o bajan la escalera, el perfil de Rajoy es todavía más intrincado. En su caso, lo lógico sería encontrárselo sentado en el rellano y fumándose un puro, en una perfecta alegoría de la pachorra (o de la flema británica, según se vea).
La paciencia es en efecto la característica que mejor define al líder de la oposición, por más que los últimos acontecimientos le hicieran abjurar de ella cuando afirmó el otro día que "Santo Job sólo hay uno". No se refería a sí mismo, contra lo que pudiera parecer. Pacientemente, sin prisa pero sin pausa, Rajoy fue edificando su carrera política desde la temprana presidencia de la Diputación de Pontevedra al desempeño de cuatro o cinco carteras ministeriales, con una escala intermedia en la vicepresidencia de la Xunta de Galicia.
Sin más que esperar a que llegase su turno, Rajoy lo ha sido prácticamente todo en la política española, salvo presidente del Gobierno. Parece lógico, si se tiene en cuenta que España es un país de opositores en el que siempre han gozado de gran predicamento los notarios y registradores de la propiedad, condición esta última que mantiene el por dos veces aspirante a primer ministro.
Se diría que el líder del PP quiere llegar a La Moncloa por oposición y acumulación de trienios, pero las apariencias bien pudieran resultar engañosas. A despecho de su imagen pachorruda, Rajoy ha ejercido a menudo de hombre-orquesta, dando la cara por el Gobierno del que formaba parte en el pringoso asunto de los hilillos del "Prestige" y en la aparentemente imposible defensa de la postura de Aznar en la guerra de Irak. Y tampoco parece compatible la pereza que se le atribuye con la exitosa dirección de las campañas electorales de 1996 y 2000, confrontaciones que su partido ganó y luego revalidó con una inesperada mayoría absoluta.
Si acaso, sorprenderá que un político aparentemente tan afanoso no haya dejado particular huella de su paso por tantos y a veces tan conflictivos ministerios como los que le encargaron, pero la explicación no es fácil. Sus adversarios tienden a pensar que no hizo nada salvo fumar puros, a la vez que sus defensores –cada día más escasos, según parece- interpretan que Rajoy se limitó a se- guir las enseñanzas de su maestro Pío Cabanillas, sentando cátedra de estar sin estar, hacer sin que se note y moverse por los ministerios como si uno hubiese nacido allí.
Falta saber si esas astucias que hasta ahora le han permitido mantenerse al timón de la nave conservadora seguirán siendo útiles –o no– en este orwelliano momento de rebelión general en la granja del PP. Lo único que se sabe de cierto es que con Rajoy nunca se sabe.
anxel@arrakis.es

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