Crónicas galantes

Guardias civiles contra talibanes

Anxel Vence

 23:18  

Cuarenta guardias civiles es el precio –barato o caro, según se vea– que le ha costado a Zapatero retratarse con el presidente de los Estados Unidos en el despacho oval de la Casa Blanca, según cuentan las agencias noticiosas que dan fe de ese acontecimiento planetario. A cambio de ser recibido por el César, el jefe del Gobierno autónomo español consintió, en efecto, el envío de unos cuantos pelotones de la Benemérita para reforzar al contingente de soldados peninsulares que ya lleva algunos años en Afganistán.
Ninguna razón hay para preocuparse. Bien sabido es que los mil y pico militares españoles destacados en aquellas tierras se limitan a participar en una batalla de flores sin el menor riesgo para cualquiera de las dos partes en conflicto. Así lo certificó, al menos, el anterior ministro conservador de Defensa, Federico Trillo, al explicar en su momento que las tropas españolas operarían en una zona tranquila y "hortofrutícola". De acuerdo con esta hipótesis, la representación del Ejército español sería bombardeada, a lo sumo, con tomates, pepinos, lechugas y otros productos de la huerta; por más que la realidad –tan tozuda– resultase finalmente algo distinta.
Sorprende, si acaso, que el presidente Obama –flamante premio Nobel de la Paz– haya decidido el envío de 13.000 soldados más a esa pacífica y hortelana guerra con los talibanes; pero ya se sabe que los americanos son muy suyos. Lo cierto es que para darle más vistosidad a tan incruenta batalla, el presidente Zapatero ha ofrecido a mayores de lo que ya tenemos allí el envío de unas cuantas decenas de guardias civiles.
La medida puede parecer algo ilógica e incluso extravagante, pero no lo es en modo alguno. Téngase en cuenta que la Guardia Civil es, a pesar de su apellido, un instituto de carácter militar. Sus cometidos atienden a la custodia de las carreteras del país –mediante la sección de Tráfico–, además de guardar las fronteras y cuidar del orden en las zonas rurales de España.
Ningún otro Cuerpo –militar, por supuesto– parece más apropiado en tales circunstancias para asegurar la circulación por los peligrosos caminos de Afganistán, país agrícola donde los haya.
En realidad, la idea consiste en que los guardias civiles instruyan a la policía afgana para que esta se haga cargo algún día de la seguridad de sus propios ciudadanos, pero nada debiera impedir que la Benemérita –con sus radares, su omnipresencia y su severo aspecto– metiese directamente en vereda a los talibanes. Una gente que, como es sabido, tiende a pasarse por el forro todas las reglas de la circulación y aun las de la mera urbanidad.
Pocos parecen, por desgracia, los cuarenta guardias civiles que el Gobierno español ha concedido a Obama para contribuir a la pacificación de Afganistán. Con tan breve número de efectivos resulta del todo imposible que los talibanes aprendan a no saltarse los semáforos y las señales de Stop; por no hablar ya de su curiosa tendencia a considerar a las mujeres como parte del ganado doméstico. Ni toda una compañía de la Benemérita alcanzaría para convencerlos de que las féminas son seres humanos.
Como quiera que sea, la tradicional relación de dependencia –ahora llamada de fraternidad– con los Estados Unidos viene ya de viejo. El primero en ponerla en práctica fue el general Franco: famoso dictador que, pese a su confesada tirria a las democracias, no tuvo otro remedio que pactar con el presidente Eisenhower la instalación de bases nucleares en España a cambio de trigo y un cierto respeto internacional.
Mucho más modesto, el ex antiamericano Zapatero se limita ahora a acordar el envío de guardias civiles a las remotas tierras de Afganistán sin otra contrapartida que la amistad del nuevo César pacificador del mundo. Está claro que con Felipe o con José Luis, los socialdemócratas siempre acaban por descubrir las virtudes de la Benemérita.
anxel@arrakis.es

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