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Crítica

La mujer que amaba las estrellas

TINO PERTIERRA

12.10.2009 | 22:33
Rachel Weisz, en un momento de la película que protagoniza
Rachel Weisz, en un momento de la película que protagoniza

El mayor elogio que se puede hacer a "Ágora" una vez terminadas sus dos horas de cine total y parcial (Amenábar siempre toma partido) es que ojalá durase más. Y no porque la cinta se apresure o se quede roma por flaquezas de la historia sino porque la parte más filosófica, la que nutre al personaje protagonista y la convierte en un símbolo arrojadizo (una mujer brava y libre, independiente y desafiante, que se atreve a pensar por sí misma), podría crecer y así multiplicar las resonancias míticas y drásticas de la película. Total, a los que les aburra "Ágora" por lenta y discursiva les fastidiaría sólo un poco más y a los que nos fascina nos proporcionaría un mayor caudal de información y emoción.
Algunos seres humanos, tan insignificantes como colectivo cuando se les ve desde arriba como si se fotografiara un hormiguero en uno de los momentos de barbarie que (de)sazonan la trama, no se conforman con el fácil recurso de adjudicar a los dioses (sean del signo que sean) toda la responsabilidad y se hacen preguntas incómodas para las que no encuentran respuestas. El cine de Amenábar está cargado de postas en ese sentido, quién sabe si procedentes de su propia condición de cineasta precoz que prueba y comprueba por sí mismo las claves de su oficio intentando cosas, que unas veces salen bien y otras no. En ese sentido, las escenas casi finales en las que Rachel Weisz barrunta nuevas teorías hasta rozar con entusiasmo infantil la solución al enigma son casi tan emocionantes como las que apelan con más ímpetu al drama y la congoja.
Digámoslo ya para dejarlo atrás por obvio: Weisz está espléndida en su cálida provocación, en su robusta delicadeza de mujer que sí, es hechicera como la acusan sus enemigos, pero porque embruja con su inteligencia y valor. Con su coherencia. Sus compañeros de reparto siguen su estela con dispar acierto, aunque ninguno desentona tanto como para merecer un reproche. Y los hay extraordinarios. Suyo es el mérito de hacer creíbles unos personajes que, a pesar de enfundarse los ropajes del arquetipo, no resultan acartonados ni convencionales (la banda sonora, aún siendo magnífica como era de esperar de su autor, sí es más previsible). Amenábar los atrapa en un mundo antiguo reconstruido con abundancia de medios pero sin pasarse de la raya que separa lo necesario del alarde mastodóntico. Salvo los planos aéreos que juegan a levantar una Alejandría que parezca real, la cámara no se demora en los decorados, pasa de puntillas por la escenografía para ir directo al plano que permita adentrarse en un laberinto de pasiones: científicas, amorosas, religiosas. Humanos contaminados por lo divino.
"Ágora" se toma todo tipo de licencias para arrimar el ascua histórica a su sardina. Está en su derecho. Esto no es un documental. Es ficción. Conciencia ficción, se podría decir. Como ya hiciera en "Mar adentro", Amenábar y Mateo Gil fuerzan la máquina para reivindicar el poder de la individualidad, de la toma de decisiones por uno mismo, sin intrusos que hablen por la boca de algún dios entrometido. "Ágora" no pone planos calientes a su ofensiva contra el fanatismo religioso, y no salen bien parados ni los paganos que inician el horror ni los judíos que recurren a la emboscada resentida ni los cristianos cuando manipulan el mensaje de su mesías para armarse y destruir a quien no comulga con ellos.
La primera hora se desarrolla con una fluidez e intensidad incansables, dibujando con cautela esa doble historia de amor no correspondido (el esclavo Davo y el discípulo Orestes) hacia Hipatia, y desarrollando la tensión entre religiones hasta la explosión final. Después de la tempestad (en el que el mundo se pone patas arriba literalmente mientras llueven los pergaminos desgarrados por el odio) llega una calma en la que la película baja la voz hasta convertirla en un susurro para hablar de estrellas errantes y elipsis misteriosas. Ahí se forja el torbellino de traiciones, furia, intolerancia, impotencia y desesperación que arrasará con todo en la desembocadura. Ahí, el desdichado e insólito triángulo amoroso (tan extraño que sólo se manifiesta en forma de sacrificio y convierte al amante en verdugo) es aplastado por el horror y la pantalla acoge el momento más hermoso jamás rodado por Amenábar: esa última mirada al cielo, esa mano que cubre de silencio unos labios anhelados, esas lágrimas condenadas a ser esclavas de un dolor perpetuo.

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