Áspero y sentimental

Sangre en las encías

Jose Luis Alvite

 21:59  

Nunca me paré a pensar cuales puedan ser las razones por las que me gusta tanto el jazz, ni creo que sea necesario averiguarlo. Muchas grandes emociones dejan de serlo cuando se les encuentra una explicación. ¿Que interés podrías encontrar en una mujer a partir de que lo supieses todo sobre ella? ¿Seguirías fascinada por el tipo de la cicatriz si supieses que el misterioso corte no fue la consecuencia de una pelea a vida o muerte, sino el resultado de un descuido al afeitarse? ¿No es acaso cierto que muchos personajes pierden su singular atractivo por culpa de contestar sinceramente todas las preguntas de una entrevista? Frank Sinatra habría entrado en la historia por la calidad de su voz y por la valía de su inmenso repertorio, pero su personalidad no habría fascinado a varias generaciones si no fuese porque Frankie siempre se cuidó de no desmentir categóricamente las dudas que cimentaron su mala reputación. Ocurre algo parecido con el jazz, que es un género al que algunos nos hemos aficionado atraídos sin duda por el hecho de que se tratase de música con mala reputación interpretada por hombres y mujeres que si contraían matrimonio era probablemente porque no conocían una manera mejor de saber qué diablos habrían sentido sus padres al destruir una familia. Naturalmente, hay muchas clases de jazz, tantas por lo menos como maneras hay de aproximarse a eso que los pedantes denominan "los abisales honduras de la naturaleza humana". El jazz originario de Nueva Orleans, con "Buddy" Bolden o Joe "King" Oliver, es el inevitable pariente lejano de otras corrientes que a lo largo de un siglo lo fueron alejando progresivamente de sus orígenes populares casi miserables, hasta confinarlo en el gueto dorado de los paraninfos universitarios, algo tan terrible como lo sería entrenar a un galgo obligándolo a correr por el interior de un féretro. Los cultos han tenido siempre la manía de destruir las emociones privándolas de los impulsos que las motivan. Quien se haya aficionado a Billie Holiday estará conmigo en que un foro universitario tendría que ser el último sitio en el que, por culpa de haberse emborrachado con la bebida equivocada, cantase "Sweet and mellow" enjaulada en un modelo de Givenchy frente a un sofisticado repertorio de tipos eruditos y estirados en el que solo el bedel estaría emocionalmente a su altura. A diferencia de la música que viene del conocimiento, el jazz puede decirse que de donde procede es del dolor del "blues", que es un dolor cotidiano, vulgar, a veces incluso un dolor rastrero que solo se cura con las punzadas un dolor aún mayor. No cabe duda de que Billie Holiday podría haberse redimido a tiempo si cambiase de vida, pero entonces no sería la cantante amarga y extrema que tanto amamos, la chica alcoholizada y misérrima que nunca consiguió ahorrar el dinero suficiente para que a un mendigo le valiese la pena atracarla. El jazz es en alguna de sus manifestaciones más sublimes algo que solo se disfruta en la medida en la que también se sufre, entre otras razones, porque su origen está en el sufrimiento colectivo de aquellos esclavos negros en cuyas bocas era llanto la mitad de la saliva. John Coltrane, Charlie Parker, Dizzy Gillespie y tantos otros, heredaron el dolor ancestral de aquellos esclavos y le añadieron de su propia cosecha los vicios que sirvieron para mantenerlos en el fondo de un barranco del que solo podría rescatarlos su redención como personas asociada sin remedio a su fracaso como músicos. Al margen de que cantantes tan portentosas como Dinah Washington o Sarah Vaughan tuviesen alguna formación musical, si ellas y tantos otros me emocionan cada vez que los escucho, es porque me consta que en su fuerza musical el conocimiento académico ha sido siempre menos determinante que los antecedentes penales. ¿Será acaso esa una de las razones por las que amo tanto el jazz? No lo sé, ni me importa. Todas esas síncopas, la atonalidad de su música, la falta de armonía, la improvisación constante que construye sobre la base de la previa destrucción.... No sé... El caso es que a veces escucho a Aretha Franklin cantado "What a difference a day makes", grabada en el 64 en homenaje a Dinah Washington, e imagino que Frank Sinatra comparte un cigarrillo y unas copas conmigo y que casi al amanecer se sienta al piano y canta "One for my baby", una de esas memorables cosas del jazz que te calan sin que sepas muy bien por qué, tal vez por la misma razón por le que, cuando menos te lo esperas, te enamoras de la fulana misteriosa de la que por suerte solo sabes que es la última mujer que te conviene. Supongo que eso se debe a que ocurre con el jazz lo que con esos besos mórbidos y anónimos de los que siempre recordaremos la sangre de las encías.

jose.luis.alvite@telefonica.net

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