Si lo que el presidente Sarkozy ha dicho en el acto de presentación del informe acerca del progreso económico y social en Francia, lo hubiera soltado un patre, un gurú, un visionario, un eremita o incluso un pensador, habría sido tachado de pataleta. El presidente del país que dio paso a la modernidad, que redactó la Enciclopedia, que inventó los derechos humanos y que dio paso a la revolución, con mayúsculas, ha sostenido que los indicadores económicos y, en general, las estadísticas no reflejan lo que en verdad interesa, lo que conviene saber de cara a mover conciencias, manejar la administración, urdir leyes y construir el futuro deseable –o al menos intentarlo. Los números oficiales hablan de renta per capita, de producto interior bruto, de desarrollo y de precios al consumo pero se olvidan de lo que en verdad vale, que es el bienestar.
Que los jefes de Estado, los presidentes y los primeros ministros hablen del bienestar no supone novedad alguna. Lo hacen de continuo, dando por sentado que todo lo que piensan y ejercen redunda en beneficio de los ciudadanos. Pero se trata de un simple ejercicio de retórica porque a ninguno de ellos, que yo sepa, se le había ocurrido no sólo hablar de bienestar sino además medirlo. Es exactamente eso lo que reclama el marido de Carla Bruni: medidores capaces de reflejar la felicidad, de traducirla en números.
Los economistas lo tienen crudo, si es que son ellos quienes van a tener que encargarse del nuevo reto. No sólo habrán de lidiar con los problemas de siempre, entre los que se encuentra, por cierto, el de dar con el bálsamo de Fierabrás que nos permita salir de la crisis económica, sino que encima habrán de ponerse a idear termómetros de buena vida. De eso saben más, en realidad, los sociólogos, los urbanistas, los geógrafos, o quienes sean que hacen los promedios mediante los que se saca a cada poco la lista de las ciudades con mayor calidad de vida que hay en cada país. Pero ni aun así. El bienestar personal es algo mucho más difícil de medir que la pureza del aire y el desagobio en las calles. Estamos hablando de lo que los filósofos llaman qualia, de sensaciones personales que no se pueden vislumbrar como no sea por introspección.
¿Qué tendrá en mente el señor Sarkozy al haber abierto la caja de los truenos? ¿Hacer una especie de indicador como el de la audiencia de las televisiones pero referido a la satisfacción íntima? Cuesta trabajo saber cómo se podría urdir algo semejante pero, en especial, cabe sospechar acerca de lo que dirían los encuestados cuando se les preguntase por su grado de bienestar. Viniendo la iniciativa de la autoridad, cualquiera se atreve a darse por miserable. Pero incluso con la verdad por delante, ¿a quién ir con las preguntas? ¿A los funcionarios con empleo garantizado? ¿A los mileuristas? ¿A quienes buscan papeles para poder trabajar? Ni siquiera la satisfacción política es fácil de medir. Aunque en este caso el procedimiento es sencillo: basta con dirigirse a quienes no votan y preguntarles por qué razón no lo hacen.