El escritor Claudio Magris, que abrió el ciclo de conferencias de la semana literaria internacional de Segovia, dijo que la mayoría de la clase política occidental adopta modos y maneras de los intérpretes de la música pop. Es decir, escenarios espectaculares, deslumbrantes efectos especiales, mensajes cortos y fácilmente memorizables, y un público entregado de antemano al líder carismático. E incluyó en esa relación –muy a su pesar– al presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, que ha ido evolucionando en su estilo político desde una línea de cantautor a lo Paco Ibañez o a lo Joaquín Sabina, con letras desgarradas y mucho rasgueo de guitarra, hasta el coro del G-20 ampliado, con Obama de solista marcando los tiempos de un capitalismo dulzón y renovado que suena como los Platters. Hay bastante de cierto en esa observación de Magris, pero no podíamos esperar otra cosa. La socialdemocracia, en sus diversos grados, es el instrumento alternativo de control político del sistema y su gran atractivo para las capas populares radica en ser la opción por el mal menor cuando el capital exige nuevos recortes de lo que hasta ahora se ha venido llamando el Estado del bienestar. Con la derecha tenemos la seguridad de que los cambios se harán rápidamente y de golpe, y con la socialdemocracia, a plazos. En eso consiste la diferencia. No es poco. Siempre que dan facilidades para arruinarse hay que agradecerlo. Desde una perspectiva general como la que describe Magris, los cuatro primeros años de Zapatero en el Gobierno fueron bastante estimables. La salida de Irak era obligada después de los atentados del 11-M y de la bajeza de Aznar en la declaración de guerra de las Azores. Había que recuperar la dignidad del país y así se hizo. Además de eso, hay que reconocerle a Zapatero el mérito de aguantar cuatro años de rabiosa oposición, durante los cuales el PP y sus aliados mediáticos utilizaron insensatamente el terrorismo y la supuesta complicidad del PSOE, de la policía, de los jueces y de la cadena SER en el 11-M para desgastar al Gobierno. Y en el pecado de la exageración llevaron la penitencia porque perdieron otra vez las elecciones. Ahora estamos ante otro escenario. Hay una crisis global del sistema capitalista y una amenaza cierta de cambio climático, y en la capital política del mundo han cambiado a un loco pro-fascista por una persona más razonable que intenta salvar los muebles. La receta del gobierno español para resolver el problema ha sido la misma del resto de países desarrollados: dar la mayor reserva de dinero público a los bancos y a las empresas para que capeen el temporal. Y bastante menos, en proporción, a los parados. Por supuesto, el cargo principal de esa factura correrá a cargo de los asalariados, de los pensionistas y de todos aquellos a los que Hacienda controla la nómina con facilidad. La investigación del fraude fiscal de los ricos queda para otra ocasión ante el temor de una evasión de capitales, como reconoció la señora Salgado. El presidente del Gobierno había anunciado una subida de impuestos para las rentas más altas, tras advertir que no se "doblegaría ante los poderosos". Pero a la hora de la verdad ha preferido que se rasquen el bolsillo la mayoría de los que le votan, a quienes ha pedido un "pequeño esfuerzo de solidaridad" con retórica de cura párroco. Siempre le pasan el cepillo a los mismos.