Ni verde, ni solidaria, ni moderada, ni a favor de los pobres. Como era de esperar, la subida general de impuestos anunciada este fin de semana por un par de damas de escuálido porte va a ser más bien un marrón para todos los españoles sin distinción de sexo, edad, orientación sexual o estatus marital. Pringarán por igual los votantes de la autodenominada izquierda y los de la derecha; los ciudadanos del norte y los del sur de la Península, los miembros y las miembras, los góticos, los románicos y hasta los corintios. Todos ellos y muchos más deberán alzar los brazos en señal de rendición para que los cobradores de tributos puedan abordar con mayor facilidad sus bolsillos.
Los únicos que se libran, según la costumbre, son los multimillonarios de pata negra a quienes el Gobierno ha tratado una vez más con el respeto e incluso el mimo que el dinero se merece. Las grandes fortunas podrán seguir creciendo confortablemente a salvo de la voracidad de Hacienda en sus mullidas sociedades de inversión.
Ninguna novedad hay en esto, desde luego. Ya un anterior –y muy brillante- ministro de Economía enunció a finales del pasado siglo un principio inmutable de la Hacienda Pública: el que establece que, cualquiera que sea el Gobierno al mando, los ricos jamás han pagado impuestos en España.
Tal vez por eso sorprendió a todos e ilusionó a los ilusos el anuncio de que la nueva requisa de tributos afectaría fundamentalmente a las "rentas más altas". No contento con eso, el presidente Zapatero se ufanó además de lo tiesas que al parecer se las tiene su gobierno con "los poderosos", tal que si Robin Hood se hubiera instalado con su arco y su carcaj de flechas en el palacio de La Moncloa.
Los descreídos hicieron bien en no creerle. Como era previsible, el aumento de las exacciones que van a diezmar la capacidad adquisitiva del personal afectará a los de siempre: trabajadores, pequeños empresarios, clases medias y demás pueblo peatonal. Nada nuevo bajo el sol, salvo las proclamas vagamente peronistas de Zapatero: ese risueño y jovial gobernante que un día niega la existencia de la crisis y al siguiente dice que ya estamos empezando a superarla incluso antes de que haya llegado.
Si en lo de la crisis no anduvo muy atinado, bien pudiera ocurrir que por mera probabilidad estadística el jefe del Gobierno acierte ahora con la subida de impuestos. Aunque Zapatero se reclame de izquierdas, no hay razón para pensar que no pueda hacer algo a derechas, siquiera sea por excepción y casualidad.
Infelizmente, la lógica no apoyo en modo alguno esta última hipótesis. Ya no es sólo la oposición –que va a lo suyo-, sino también muy cualificados ex jerarcas del actual Gobierno quienes hacen notar que un aumento de tributos va a agravar la crisis antes que ayudar a su solución.
Tanto es así que incluso prevén cual pueda ser la secuencia de los acontecimientos. A saber: una vez que se perpetre el asalto a los bolsillos de la ciudadanía, bajará la cantidad de efectivo disponible para gastar, con la consiguiente merma en las cajas registradoras de los comercios. A medida que bajen las ventas, las empresas se quedarán sin pedidos. A falta de pedidos, los fabricantes se verán en el dilema cerrar la empresa o llevársela a cualquier otro país en el que el presidente del Gobierno no ataque un día sí y otro también a los empresarios.
Si las fábricas desaparecen, la gente a la que empleaban perderá su trabajo. Y si el número de parados excede la espantable cifra de cinco o seis millones, tal vez el Estado no disponga de fondos bastantes para socorrer a tanto perjudicado por la crisis que nunca existió.
Parece el cuento de la lechera contado del revés, con la diferencia de que aquí no hay cuento. Si acaso, una novela de terror de esas que también se conocen por el nombre de "góticas". Como los impuestos, que están de un gótico subidísimo.
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