Ya nadie se acuerda en Galicia de la galleguidad perdida de Fenosa. En su momento generó ríos de tinta, grandes lamentos sobre la trágica pérdida de identidad de uno de los mascarones de proa, como decían los cronistas más inspirados, de la economía galaica. Hoy, todo ese culebrón ha quedado en el olvido. La gente de a pie, los ciudadanos cabales, saben que, más allá de las guerras del poder político o empresarial, el dinero no tiene patria ni color. Pero esa melé de conceptos extraños entre sí –la pela, el mando, el país, el Estado- vuelve de nuevo a la palestra con motivo de la reestructuración del mapa financiero español y, en particular, del de las cajas de ahorro. En el país del minifundio intelectual, la campanada del Banco de España para iniciar el proceso ha sido como mentar a la bicha. Preguntado sobre tan delicadas cuestiones, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, expresó hace unas semanas, en una entrevista, un concepto muy interesante sobre la evolución de la autonomía gallega. Los primeros años, dijo, fueron los del necesario simbolismo. La segunda fase, la del pragmatismo. La tercera, la actual, sería la de la superación de los localismos, en la que corresponde gobernar Galicia como lo que, en la práctica, es: una ciudad que no llega a los tres millones de habitantes. Es una visión moderna, sugerente y audaz, pero la cuestión que se plantea, cuando por ejemplo surge el asunto de las cajas, es hasta qué punto no deberíamos, o no estamos de facto ya, en una cuarta fase, que sería la de una gran ciudad, Galicia, pero plenamente integrada en un Estado mucho más amplio y, en rigor, en un mundo que, como saben tantas empresas gallegas, ya no conoce fronteras. Desde esa óptica, que no deja de ser una evolución lógica y natural del argumento de Feijóo, parece absurdo, como lo fue con el proceso de Fenosa, aludir al color del dinero para poner límites a la libre búsqueda de las alianzas de cada entidad, donde quiera que sea. El color y, sobre todo, la patria de los dineros es un concepto antiguo, un concepto que tuvo su importancia en la etapa del simbolismo a la que aludía el Presidente, pero que se revela extemporánea y, sobre todo, ineficaz en los tiempos de Madoff, del euríbor, de la desaparición de las fronteras físicas y económicas, de las magnas operaciones a golpe de clic. Ese planteamiento de mejor nosotros unidos frente a la competencia agazapada al otro lado del Padornelo es decimonónico. En la etapa simbólica se imponía el territorio. Hoy, más allá de los discursos del poder, la gente quiere pura eficiencia. Y la eficiencia no conoce fronteras. El amiguiños sí, pero la vaquiña polo que vale, sigue, más que nunca, vigente. Estamos en la cuarta fase. Y lo demás son, claro, pues eso: gaitas.