En mi relación con los muchachos he procurado siempre que un reproche no vaya seguido necesariamente de un consejo. En realidad, por haber vivido poco entre los jóvenes he tenido contadas oportunidades de inculcarles mis ideas con el pretexto de rebatirles su conducta. Doy por supuesto que si lo intentase recelarían de mí tanto como en su momento, y por motivos parecidos, recelé yo de mis mayores. A veces pienso que esa distancia existencial respecto de ellos constituye la obvia demostración de una cobardía generacional que yo, sinceramente, no sé muy bien como se podría resolver para que los muchachos hagan las cosas que creemos que deben hacer y que al mismo tiempo tengan la fundada sensación de que en realidad las hacen por su propia decisión. Se trataría de inducirles creer que más que una conveniencia, la disciplina es un derecho, es decir, alentar sibilinamente en ellos la idea de que la sensatez no es una claudicación, sino una conquista. Pero, claro, ¿qué es la sensatez? De otro modo, ¿sería sensato que los jóvenes renunciasen por iniciativa propia a las dulces tentaciones de la insensata e irrepetible adolescencia? ¿Lo habríamos hecho nosotros si estuviésemos en su lugar? Es obvio que no. Mi generación fue obediente solo porque no había entonces una sola tentación que aún siendo admisible para nuestra conciencia no resultase prohibitiva para nuestro bolsillo. Por eso la mayoría de las tentaciones las resolvíamos mezclándolas con los sueños, entre otras razones, porque aquel mundo lento y marrón resultaba sin duda más hermoso si uno cerraba los ojos, que es lo que no le ocurre a los jóvenes de ahora, conscientes, aunque tal vez no lo sepan, de que la realidad virtual de sus videojuegos es más satisfactoria que cualquiera de aquellas abstractas fantasías que los adolescentes de hace cuarenta o cincuenta años urdían excitados por el delirio del hambre, en la vigilia de un limbo de esparto, al borde del sueño. Pero ni lo nuestro era mejor que lo de ahora, ni lo de ellos es más recomendable que aquello. Tenemos sobre los muchachos la ventaja de la experiencia, pero ese es también nuestro castigo, puesto que les reprochamos conductas de las que nosotros nos reprimimos no porque nos las prohíba la conciencia, sino porque no nos las permite el cuerpo. Esta generación de adolescentes se divierte con entusiasmo y sin reparos, a veces incluso hasta perder la noción de la felicidad y despertar al día siguiente con una resaca que para ellos es el sustitutivo perfecto de una mala conciencia que se supera con un poco de agua y sal de frutas. No pasa nada. No hay una sola contrariedad que los jóvenes no superen casi sin la menor dificultad. En cierto modo las diferencias entre lo suyo y lo nuestro son de matiz: así como nosotros nos liberábamos del malestar confesándonos en la iglesia, ellos lo superan vomitando en el retrete, si viven cerca, o en la calle, si el estómago les mete más prisa que el reloj. Yo fui joven en una época en la que las tentaciones solo se las podían permitir los ricos. A mi primera novia le prometí en invierno un largo paseo por el mundo hasta que nuestros pies fuesen incapaces de llegar adonde llegase nuestro aliento. Fue un oscuro invierno interminable. Aquel viaje lo hacen en nuestro nombre los ruidosos y libérrimos muchachos de ahora. Ellos son, maldita sea, lo que queda de nosotros al final de aquella infinita tarde de lluvia. Pero también a ellos les llegará tarde o temprano el invierno. Y entonces, muchacho, entonces comprenderán que los años ayudan a los hombres a descubrir por sí mismos que la juventud se esfuma como si tal cosa y que después apenas nos queda el consuelo de creer que la adolescencia, como la felicidad, solo es un achaque que se cura solo.
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