El grupo de ciudadanos que terció en la polémica por el Plano de Población, proponiendo un jurado de prestigio que decidiera entre la idea de Palacios y el rechazo de los técnicos rivales, ya lo percibía así: "Estamos ante el problema de mayor gravedad y trascendencia que se ha planteado a la actual generación". Del éxito o del fracaso del proyecto dependía entrar o no en "una nueva era para la ciudad". (Faro, 27/9 1934)
¿Cuál es la razón de que Vigo haya tenido tantos Planos sin que ninguno haya sido comúnmente aceptado? Palacios lo atribuye a la configuración de la ciudad: "Es Vigo, no lo dudéis, la urbe más difícil del mundo entero. Ya dije en otra ocasión que cualquier otro proyecto urbanístico que se me encargue, después de éste, será para mi un ligero pasatiempo". (FV, 15/9/ 1934).
Con este argumento de autoridad de quien presumía "de haber creado la nueva fisonomía urbana de la capital de la Nación" (Madrid), es comprensible que su utopía haya gustado tanto a los vigueses que se enamoraron de su maqueta.
Enfrente estaban los colegas que lo tildaban de "megalómano". Lo recuerda Jenaro Lafuente cuando replica a Palacios que abogó por él como autor del nuevo Plano de Vigo, pese a que otros técnicos lo rechazaban por su "excesiva fantasía".
Digámoslo ya: Vigo no es una ciudad vulgar, por más que alguna guía turística recomiende llegar e irse de inmediato a los alrededores. Posee un urbanismo interesante, un casco antiguo característico, calles bien trazadas y admirables edificios de granito, aunque a los vecinos no les basta y la quieren acorde con la belleza de la bahía.
El entusiasmo con que, en el lejano 1857, los vigueses asistieron a la colocación de la primera piedra de la nueva ciudad, revela que su afán de modernidad es secular. Lo relata un valioso ejemplar de Faro de Vigo: "Por fin después de medio siglo de afanes y gestiones sin cuento, se han inaugurado las obras de la nueva ciudad de Vigo… Un inmenso gentío llenaba las calles, edificios, murallas y playa… y millares ocupaban infinitos botes sobre la mar". Había sobradas razones para el alborozo: "Vigo tiene un puerto que es la admiración de todas las naciones de Europa, pero faltaba una población que armonizase con tan preciosa obra". (FV, 17/9/1857)
El crecimiento de Vigo obligó a derribar las murallas, en la década siguiente, y comenzó el ensanche de la población para dar cabida a las demandas demográficas, comerciales e industriales, especialmente del puerto, vital para sus intereses. Pero el desarrollo fue vertiginoso y derivó en desarreglo urbanístico. El intento de ordenar el despegue de la ciudad está en el origen de los diversos planes o Planos que se elaboraron. Media docena en el siglo XIX –alguno valioso, como el de Fernández Soler– y otros seis hasta la actualidad, de los que el de más larga duración ha sido el de Ramiro Pascual de 1908.
"De ese conglomerado urbano primitivo, escribe Lustres Rivas, partieron las grandes vías y las fastuosas calles trazadas a lo largo de caminos y carreteras y las avenidas de orillamar sobre los espacios ganados a la bahía". Las calzadas de Pontevedra, de Castilla y la de Baiona alongaron la población hacia el Este y hacia el Oeste. Perfilando esas carreteras surgieron las calles de Urzáiz, García Barbón, Policarpo Sanz, Elduayen y Pi i Margall, que alargan la ciudad longitudinalmente; y para el acceso de la población al puerto se construyeron Colón, Velázquez Moreno, Carral y Oporto. Y es que "Vigo es una crónica del trabajo, un poema del esfuerzo individual y colectivo, plasmado en la creación de esta ciudad". (FV, 11/9/ 1935).
Sobre Vigo han reflexionado escritores, historiadores, urbanistas, sociólogos, y, sobre todo, la gente de la calle. Hay centenares de páginas, de lo que gusta y no gusta. Los calificativos van del maximalista "ciudad catastrófica" al lirismo de "ciudad tocada por el cielo" con gamas intermedias de juicios más ponderados, que son los que le cuadran.
A los escritores del predesarrollismo del siglo XX les gusta más hablar de la sociología que del urbanismo. Tal vez porque la ciudad todavía guardaba una armonía dentro de su disperso crecimiento. No había llegado el feísmo.
Julio Sigüenza, periodista, coetáneo y defensor de Palacios, escribe en 1953: "Vigo, más que una urbe, es ahora una amplísima ambición sin medida… Vigo somos nosotros, cuantos vivimos y poblamos la ciudad y la edificamos con sus avenidas amplísimas, con sus edificios que arañan el cielo, con sus grandes industrias, con su comercio, con su espiritualidad". (FV, 2/8/1953)
Alvaro Cunqueiro reflexiona en 1951: "Hay en Vigo un afán de modernidad que, por veces, aún a aquellos que como yo aman la ciudad y le deben el regalo de muchos claros días, se hace exigente en demasía y apremia de tal modo porque Vigo no logra sin esfuerzo lo que muchos vigueses entienden por modernidad".
Celso Emilio Ferreiro, que escribió la Glosa más hermosa de la ciudad, decía en 1953: "Vigo, desde la orilla, fue trepando por las colinas que la circundan. Gateó monte del Castro arriba para contemplarse y ver el mar. Todas las casas tienen una ventana desde la que se ve el mar. Una ventana, o más bien un marco en el que se encuadra un paisaje marinero".
Es la ciudad de los poetas, pero ¿en qué Vigo querrían vivir los vigueses de hoy? Aunque pudiera parecer una traición al embeleso de sus coetáneos, en el Vigo pragmático de los adversarios de Palacios. El mejor Vigo posible.
La ciudad que proponían en 1934 los arquitectos Jenaro Lafuente, Gómez Román y el ingeniero Ramiro Pascual, "debe conservar su especial característica y fisonomía, y todas las obras que se realicen deben ser de adaptación y respeto". Por tanto: "El Plan que conviene a Vigo es el adecuado a sus necesidades… con las ampliaciones de ensanche y extrarradio que sean consecuencia natural de nuestra vida urbana".
Con el marco al fondo de la silueta de Vigo, la que vemos cuando nos aproximamos en barco desde O Morrazo, que bosquejó Gómez Román durante una de sus polémicas con Palacios en 1929. Y lo que dice sigue teniendo validez:
"La silueta característica de las ciudades no es una cosa vana que pueda alterarse, no debe alterarse, sino en virtud del proceso natural de las actividades de las mismas, y es evidente que la nuestra, por ahora, y aún por mucho tiempo, ha de extenderse a lo largo del litoral y sólo cuando se halle saturado, comenzará a ensancharse".
Hay que conservar lo irrenunciable, mantener o rehabilitar lo valioso por su calidad arquitectónica y estética, reordenar los enclaves urbanos e industriales e impedir las agresiones al medioambiente, incluidas las marítimas, donde los rellenos deben ser sólo los imprescindibles. Es decir, el objetivo es conjugar la modernización y la preservación, con las pertinentes recuperaciones del casco histórico que no avanzan con la celeridad y en la cuantía necesarias. El Berbés, centro germinal de la ciudad, La Ferrería y el entorno de la calle Real hace tiempo que debieran estar remodelados.
Desde el primer ayuntamiento democrático de 1979 se han sucedido cuatro planes generales, que no han abordado cuestiones prioritarias, como las viarias ni un sistema de depuración adecuado. Han propiciado la masificación de calles sin compensarlo con zonas verdes. Y han vulnerado el Plan Especial de Edificios y Conjuntos a conservar.
Tan polémicos han sido esos Planes de Ordenación que todos acabaron en los Tribunales.
¿Cómo ha de ser el Vigo del futuro? Es evidente que habrá de atenerse a lo pautado por los últimos Planes urbanísticos. Nadie hoy se plantea construir una ciudad nueva, sino adaptar la existente.
Vigo tiene que perder miedo a las alturas, pero estableciendo unas proporciones. Como en la capital federal estadounidense ningún edificio supera la elevación del monumento a Washington, en Vigo ningún inmueble debería rebasar la altura del Hospital Xeral. Pero, con carácter general, son preferibles los "rascacielos", que dejen espacios libres en su entorno, que la acumulación de edificios en pantalla que ciegan las calles, como ocurre en Travesía de Vigo, Camelias o la margen de Gran Vía, en su descenso hacia Plaza de América.
Una zona nuclear de la ciudad, como la Plaza de España, debe ajustar el desmesurado volumen de edificabilidad adjudicado en el plan de 2008, ya desechado en anteriores proyectos. Hay espacios cuya urbanización no puede justificarse por los beneficios económicos ni por argumentos sociológicos como el imperativo de unas viviendas sociales. Los caballos de Oliveira no pueden ser sustituidos por una masa ingente de cemento.
La ciudad tiene que ordenar su área industrial y su convivencia con el puerto. Es imprescindible recuperar para la ciudad el conjunto comercial de Orillamar, almacenes y naves de congelado, cuyo traslado a la prevista Ciudad del Frío debería acelerarse para que empalme con el Auditorio en construcción. Lo mismo cabe decir de su paralela, la rúa de Jacinto Benavente. Reconvertir esta área con inmuebles de calidad y espacios verdes mejorará la fisonomía urbana.
Un Vigo que fije las zonas donde pueden construirse alturas de 20 pisos máximo y que gane espacios de ocio. Que cuide sus fachadas –al Concello corresponde fijar exenciones compensatorias–, limpiando las de granito y pintando los edificios para que recobren su imagen primigenia. Y a ser posible con una ventana al mar.
En definitiva, una ciudad respetuosa con el pasado, pero "sin caer en el ridículo del culto a lo viejo por el simple hecho de serlo", que frene la voluntad "de crecer de Vigo", como advertía Celso Emilio a los que lloraban por la pérdida de las murallas.
Palacios pensaba en una ciudad de 400.000 habitantes. Aún no ha llegado a los 300.000, y actualmente no se dan las condiciones para este crecimiento por la lenta evolución demográfica, la contención migratoria, las políticas de fijación de población y el sueño de cada vigués de construir una vivienda unifamiliar con vistas al mar, sólo posible en el extrarradio. Vigo es el gran Vigo y tiene que pensar más en términos de área metropolitana que en el de localidad.
La experiencia ha demostrado que más que genialidades lo que conviene a Vigo es sentido común. Nunca habrá un Plano de Ordenación definitivo, y todos durarán el tiempo que demande el desarrollo natural de la ciudad. Lo racional es que cada Plan no deje tras de sí dificultades imposibles ni destrozos irreparables, sino perspectivas urbanísticas, que prolonguen lo existente. Sobre todo, en redes de transporte, en especial el marítimo entre los pueblos de la Ría, que a diferencia de tiempos pasados, y de otras poblaciones litorales del mundo, está desaprovechado.
Esa es la ciudad en la que quieren vivir los vigueses.