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SÁLVESE QUIEN PUEDA

La princesita del pueblo y la Marianne republicana

Fernando Franco

 01:13  
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Belén Esteban,
Belén Esteban, "princesita" del pueblo metida en esa espiral de autofagia de determinadas televisiones. 

En Inglaterra, a Lady Di la llamaban "princesa del pueblo" y hasta lo enaltecía porque la chica era guapa y discreta, pero algunos desalmados quieren hacer lo mismo aquí con Belén Esteban, y eso es como consagrar a esa España presta a sacar la faca que olía a ajo y aguardiente. Los ingleses tuvieron a Lady Di, los franceses republicanos a aquella "Marianne" que representaba bajo su gorro frigio y un poco destetada los valores del pueblo, pero a los españoles nos quieren endilgar de princesita a esa rubia deslenguada y procaz que tanto se suena en la tele (que se sepa la diabetes no afecta a los cartílagos nasales) y así no es de extrañar que a nuestros aristócratas les caigan tan mal los llanos, las clases populares. A mí en el fondo me enternece esta mujer nacida en la periferia capitalina y con aires de chulapa porque me recuerda en la tele a la Celestina y sus pupilas, y en la calle al Madrid decimonónico de aquellas troteras, cigarreras, cupleteras, pulgosas y lanzaderas que se paseaban junto a cortesanas "cum laude", los galantes y sus amantes. Me enternece también porque se suicida poco a poco o, dicho de otro modo, sabe que los suyos de la tele están haciendo con ella una eutanasia activa, que la están sacrificando lentamente en el altar de los "shares", en el público burdel de las audiencias. Me enternece pero que me corten la mano si firmo algo a su favor en esa cruzada pusilánime contra el Defensor del Menor, el mundo al revés, que cree que usa a su hija con fines lucrativos. ¿Y quién no, en sus cabales?

La princesita del pueblo está metida en esa espiral de canibalismo o autofagia de determinadas televisiones cuyos tertulianos se alimentan de otros humanos y si es menester se comen a sí mismos. El presentador televisivo brasileño acusado de ordenar asesinatos para llegar antes que nadie a la noticia con sus cámaras no es más que la versión "destroyer" más atrevida del pensamiento y la praxis de ciertos programas españoles que, por lo que se sabe, aún no osan a tanto. Pero es exactamente la misma cosa si vamos a la filosofía de base, sólo que allí las muertes han sido sanguinolentas y súbitas. Eso pasa en Madrid, que es un reino del hampa en determinados ambientes audiovisuales, pero en Galicia nuestra televisión es más recatada, por suerte, o quizás es que no tenemos tantos puteros y putindangas ni tanta vida lupanaria, errática y meretricia como para llenar los programas. Aquí a lo más se practica el "tiro al Piñeiro": cada vez que hay cambios en San Marcos o San Caetano aparece una nueva edición de este campeonato y quitan su programa de la parrilla aunque, como este "Acompáñenos" que hacía desde Vigo, hubiera conquistado un público más joven y urbanita y levantado el "muerto"de las tardes televisivas con el formato diseñado por Miguel García y con el trabajo de gente joven y entregada como Alba Lago (y guapa, por cierto). Pero ¿quién entra en los conductos neuronales o bolsas seminíferas de los que, llegados al mando, tienen que cambiar algo para que como sea no cambie nada? Cierto que sus sueldos les permiten pagar antes la hipoteca pero no se puede envidiar a estos pobres colegas que bien por necesidad económica o consejo de su psiquiatra para perder su inseguridad aceptan ser mandatarios de la cosa política o televisiva.

Lo del poder es una cosa interesante. A estas alturas uno sabe que en eso se morirá vacío de equipaje, sin haber entrado ni de soslayo en los movimientos y triquiñuelas de quienes ansían un espacio de público dominio. Pero llegar ahí exige siempre un preludio de sumisión y siempre admiré la capacidad de todos esos tipos que se pasan la vida siguiendo, rodeando, poniéndose erectos o haciendo encorbatadas reverencias a sus mandos en interminables actos públicos en los que saben poner la cara de devoción y gilipollez adecuada como para no convertirse en sospechosos. Ese saber estar exige, sin duda, una buena escuela de acatamiento. Tengo un amigo que dice que dejará este mundo sin tener nada para contar a los colegas del más allá: un mínimo desfalco, una evasión fiscal, un hurto aunque sea de pequeña monta, una prevaricación al menos, un soborno, un cohecho... de esos con los que tantos dignatarios y jerarcas podrían escribir sus memorias. Un infeliz mi amigo, que morirá con lo puesto, sin haber ganado un duro más de lo debido. Más bien lo contrario porque tipos como él son imprescindibles para que, con lo que ganan de menos, otros se hagan ricos.

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