Estos días, con motivo de la Feria Mundial de Pesca que se celebra en Vigo, se han puesto de actualidad las relaciones comerciales entre Galicia y la Federación Rusa. Ha salido también a colación el megacontrato conseguido por Vulcano en 1989 para la construcción de enormes buques-factoría rusos, un logro de tal envergadura que revolucionó el sector de la construcción naval gallega en un momento económico, como el actual, muy delicado. Pero, como suele ocurrir en estos casos, poca gente se acuerda ya de los pioneros, de aquellos visionarios que, en pleno régimen franquista, se empeñaron en establecer lazos comerciales con la Unión Soviética, epítome entonces de todos los males de este mundo. La historia rezuma esas dosis de arrojo y, diría yo, excentricidad propias de las mejores hazañas empresariales, y de ella me habló por primera vez, hace ya algunos años, uno de sus protagonistas, el tristemente fallecido José Santodomingo. En el contexto de un tardofranquismo agonizante y obsesionado con las huelgas impulsadas por el Partido Comunista, Santodomingo y sus compañeros de aventura decidieron que estaría bien venderle barcos a Brezhnev. La URSS, embarcada en la enésima renovación de su flota, recibía entonces los tejos de astilleros de media Europa, pero eran tejos sobre plano, así que, ni cortos ni perezosos, nuestros amigos –de ahí la genial excentricidad– decidieron construir un barco ad hoc, un prototipo de mercante medio y robusto muy demandado entonces por los rusos, dotarlo de una tripulación básica y escogida, y enviarlo a los pies del potencial cliente, esto es, a Leningrado. El mercante atracó durante semanas en un canal de la actual San Petersburgo, y no tardó en hacerse célebre entre los jerarcas de PCUS, atraídos no tanto por la evidente calidad de su construcción –que ahora podían comprobar in situ– como por las cuchipandas a la gallega que servía a bordo un equipo de cocina dirigido por un conocido maître local de la época, ya fallecido también, apodado Onassis. El lacón con grelos, el pulpo á feira y las botellas de albariño –aunque los rusos preferían beber el vodka danés que había encargado Onassis de camino–, sumados a algún forzado cante flamenco, y obviamente al acero y a la ingeniería del prototipo, acabarían doblegando las resistencias de los miembros de la nomenclatura y, con el tiempo, en los albores de los setenta, logrando la histórica botadura del primer buque soviético en Vigo. Por eso hoy, cuando en un contexto de dificultades económicas se habla de negocios con Rusia, la historia de aquel barco gallego atracado hace casi medio siglo en el Neva, llevando al corazón de la Unión Soviética el nombre de una ciudad que presumía de construir buenos barcos y comer mejores platos, merecía ser contada.