Adversarios y amigos coinciden en reprochar al presidente Zapatero su afición al gasto sin tasa que ahora va a traer como inevitable secuela un aumento de impuestos. Dicen que improvisa, que es un manirroto y que de seguir así va a llevar al país a la quiebra; pero tampoco hay por qué ponerse estupendos. En realidad, el jefe del Gobierno español no hace otra cosa que seguir la estrategia electoral de Manuel Joao Vieira, un cantante –de rock– que por dos veces trató de concurrir sin éxito a las elecciones presidenciales de Portugal.
Bajo el impactante lema: "Otros cumplen; yo prometo", el candidato Vieira hizo campaña a la presidencia de la vecina República allá por el año 2000. Era, en verdad, un aspirante de lo más prometedor. Baste decir que el plato fuerte de su programa consistía en la oferta de un Ferrari para cada portugués y un bailarín cubano para cada portuguesa.
No acababa ahí, sin embargo, la promoción electoral del candidato. Decidido a remover los cimientos de la tradicional sociedad lusitana y aun los de Occidente en su conjunto, Vieira proponía también la creación de ministerios mucho más novedosos que el de Igualdad, por citar un ejemplo. Si el departamento de Bibiana Aído suscitó admiración e incluso pasmo en España, la propuesta de Vieira iba aún más lejos al incluir las nuevas carteras de Pesca y Mujeres, Aguardiente y Café y Prostitución y Bosques. A todo ello habría que sumar aún la abolición de los impuestos y la supresión de las señales de tráfico, por más que esas ofertas no encontrasen el esperado apoyo de los electores.
Para sufragar tan ambiciosas medidas, el candidato Vieira proponía la venta de la ciudad de Oporto a Inglaterra o –de ser necesario– la de todo el territorio de Portugal al mejor postor.
Por si todo ello fuera poco, el aspirante a la más alta magistratura del país vecino se comprometía a "descubrir un tesoro" que el benéfico presidente repartiría a partes iguales entre todos los portugueses. Contra toda lógica, Vieira no consiguió reunir el número de firmas exigido para apoyar su candidatura. Se conoce que nuestros vecinos son muy raros o acaso no tan crédulos como nosotros.
Algo menos ambicioso que su colega ibérico, el presidente Zapatero se limitó a ofrecer 400 euros por papeleta a cada elector, tanto si le votase como si prefiriera a otro. Ya metido en gastos, prometió igualmente 2.500 euros a cada pareja que facturase un niño; 420 a los parados sin subsidio; 210 para el alquiler de los jóvenes; mejores pensiones para los abuelos y un ordenador para cada estudiante. Y lo más notable es que hizo honor a todos sus compromisos.
A diferencia de Vieira, que se limitaba a prometer, Zapatero cumplió todas sus promesas de gasto con gran éxito de público y no menor destrozo de la tesorería del Estado. Tan grande ha sido el agujero abierto por sus innumerables promociones electorales que el jefe del Gobierno se ve obligado ahora a subir los impuestos so pena de que el país caiga en la bancarrota.
Cierto es que lo hace a disgusto, como bien prueba el dato de que lleve quince días anunciando el hachazo fiscal y todavía se ignore cuáles son los tributos que van a subir. Un día son los directos, al otro los especiales, al tercero el IVA y al cuarto los impuestos sobre el lujo. Quizá ni el propio Zapatero lo sepa, dada la afición a improvisar sobre la marcha que le atribuyen amigos y enemigos; pero lo seguro es que, de una u otra manera, la ciudadanía en general acabará pagando el gasto de su bolsillo.
Sería exagerado comparar a Vieira con Zapatero en la medida que el portugués jamás aspiró realmente a ocupar la presidencia de la vecina República, mientras que el español sí hacía sus ofertas con toda seriedad y hasta tuvo la ocasión de cumplirlas desde la jefatura del Gobierno. Por suerte no prometió descubrir un tesoro ni vender Barcelona a Francia.
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