Uno de los datos más difíciles de comprender, y por tanto de explicar, en el mundo de la política actual es la falta de respuesta de los gobiernos a un problema cuya solución todos creen básica. Problema, el demográfico, que algunos observadores tienen ya como el padre de la próxima megacrisis, que vendrá cuando las clases activas no aporten lo bastante para sostener a las pasivas.
Viene a cuento la reflexión de la noticia según la cual la Xunta ha decidido cerrar más de veinte escuelas y un centenar de aulas como consecuencia de la falta de alumnos. Algo que no sólo corrobora el problema de natalidad que padece este país, sino que además obliga a reflexionar sobre otro efecto negativo directo: la progresiva -y aparentemente imposible de cerrar -brecha entre la Galicia interior y la litoral.
No es un eufemismo, desgraciadamente; la mayor parte de los centros y las aulas afectadas se hallan en el mundo rural del país, en donde por otra parte no se aprecia en absoluto el baby boom que algunos ven en lo urbano, la franja costera y las grandes áreas metropolitanas. Y si en unos años se consolida un país despoblado y otro con excesiva densidad de habitantes, el resultado no podrá ser más que la injusticia y, quizá, las rivalidades insanas. Algo que nadie debería aceptar sin más.
El problema es cómo hacerle frente a eso. Quedó dicho que todos, o casi, los gobiernos gallegos que han sido proclamaron la megacrisis demográfica como un objetivo primordial a combatir, pero ninguno ha elaborado las políticas transversales precisas ni habilitado los medios globales correspondientes. No sería justo decir que se han encogido de hombros, pero sí exacto señalar que lo hecho hasta ahora fue poco eficaz y sin convicción.
En ese sentido, y a partir de la actual polémica -políticamente artificial- sobre la situación escolar, no parece mal momento, con el retorno a la actividad plena ya a la vuelta de la esquina, para señalarle a gobierno y oposición que además de todo lo mucho que hay que hacer en economía resulta urgente trabajar en un gran acuerdo para afrontar la crisis poblacional como lo que a estas alturas es ya: no una teoría, sino la realidad misma.
Hay numerosos escépticos, conste, que sostienen que reclamar una entente, aquí y para casi cualquier cosa, resulta algo muy parecido a pedirle peras al olmo dados los antecedentes. Pero alguna vez habrá que confiar en que no se haya agotado el sentido común, ya que el de lo común escasea.
¿Eh...?