Gran parte de la fascinación que produce la contemplación de la obra cinematográfica se desvanece al conocer los entresijos técnicos de la producción y descubrir que la belleza final de una película es la consecuencia a veces sorprendente o inesperada de haberse reunido un buen número de especialistas que acometen su trabajo con fría y desafectada profesionalidad, a veces ignorando incluso el destino que va a tener su colaboración. Aunque por lo general se le atribuye al director, lo cierto es que la obra cinematográfica es una tarea colectiva en la que hasta puede ocurrir que el éxito sobrevenga gracias irónicamente a la habilidad que los chicos del montaje se dan para corregir en la moviola las anomalías cometidas por la dirección. No hay más que pararse a leer los títulos de crédito de una película para darse cuenta de la complejidad del proceso productivo y del milagro que supone que al mezclarse con el dinero, la oscuridad y el talento se conviertan en luz. El cine es algo que empieza con un lápiz y un papel, en la mesa de un guionista, y nunca se sabe a ciencia cierta donde acabará después de haber pasado por muchas docenas de manos integradas como eslabones en una cadena tan industrial como puedan serlo la de una fábrica de conservas o las correas y polipastos que arrastran suspendidas por las patas las canales de vacuno en esos inmensos mataderos de Chicago en los que a veces aparecía el sombrero de un gángster escamoteado con la casquería en el despiece de las reses. No ocurre lo mismo con la producción literaria, en la que el autor es el responsable exclusivo de la obra, el único al que le corresponden por derecho propio el éxito y el fracaso, aunque, si bien se mira, en la cabeza del escritor ocurren cosas que tal vez escapen a su control, asuntos que a su pesar le mueven la mano, le deforman la letra o simplemente le arrastran a conseguir unos resultados en los que sus complejos, su miedo o sus remordimientos, pueden haber sido más determinantes que su inocente idea original, del mismo modo que a un conductor la partida para un viaje angustioso le produce al volante distracciones indeseadas que lo alejan inesperadamente de su destino. Aislado en su habitación, el escritor está sin embargo todo el rato acompañado de los rostros reales que él deforma con la elasticidad de la gramática hasta volverlos en apariencia ficticios. Asisten también a la ceremonia íntima de la creación literaria muchos de los acontecimientos que determinaron en su día una vocación que en realidad pueda que se trate solo de una coartada para librarse de un recuerdo desagradable o del remordimiento debido a una culpa que cree poder expiar con la literatura. Una novela puede ser un sitio exquisito en el que disimular la mala conciencia o una elegante manera de enterrar un cadáver. Y como se trata de algo que se urde en la intimidad, a diferencia del cine, en la literatura es uno al mismo tiempo el culpable y el cómplice, sin descartar que sea también la víctima. A veces la literatura se somete a un proceso de adaptación y desemboca en el cine. Es entonces cuando los rudos engranajes industriales que sustentan la obra cinematográfica destruyen a menudo los delicados mecanismos de la obra literaria y lo que resulta es a menudo un híbrido del que nadie quiere atribuirse la paternidad. Porque si le echamos un vistazo a los hechos consumados, es evidente que el cine es una industria que en las que a los novelistas solo se les paga bien cuando escriben mal.
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