Ha nacido otro periódico en Vigo, se llama Nordés y la gente va a creerle más que a los que existimos hace mucho y nos curramos la calle cada día. Claro. Nordés no es más que el nombre del rotativo de una serie inventada para la TVG, pero en esta sociedad de la fragmentación, la complejidad y la dispersión la única realidad verdadera es la representadaa través de las pantallas. Somos espectadores que vivimos ante ellas un letargo pasivo, un desbordamiento visual que nos hace confundir, como a Don Quijote, a los molinos con gigantes y a la realidad con la telerrealidad, de modo que ya no percibimos a la misma sino sólo a su representación. Podemos pasar con indiferencia al lado de un niño tirado en las aceras de Vigo o A Coruña y sólo sentirnos emocionados y solidarios cuando lo vemos salir por la pequeña pantalla, como si le diera certificado de verosimilitud. Recuerdo el argumento de una película de Haneke, "71 fragmentos de una cronología al azar", que resume magistralmente esta suplantación de la realidad tan propia de nuestro tiempo sirviéndose de personajes atrapados por una rutina asfixiante (¿y quién no?) que vagan sin rumbo por sus propias vidas y están sometidos al ruido de las noticias crispadas de un mundo en desorden. Gente que vive la soledad en medio de la multitud, el consumo como felicidad, el desinterés, la apatía por el otro, la incomunicación física al tiempo que la supercomunicación virtual desde sus guaridas cibernáuticas... todo eso que este cineasta llama la glaciación de los sentimientos. ¿Siente usted que hablo de marcianos o de su propia vida de urbanita en el mundo desarrollado?
En un paisaje en el que la telerrealidad televisiva consigue tanta audiencia y caja (la realidad no es, se genera o provoca en programas bastardos), los medios escritos se sienten abocados para sobrevivir a esa teatralización de la vida cotidiana que hasta de los entierros hace espectáculos dramáticos incomparables, que eleva los sucesos de sangre y semen a espacios de portada, que convierte a la gripe A en una novela negra por entregas, que hace de los ataques de piratas famélicos una versión posmoderna de las películas de corsarios y que convierte a las pobres putas en especie amenazante que poco a poco se desplaza de las sombrías periferias hacia el centro urbano, rompiendo la tranquilidad visual del ciudadano bienpensante que no quiere que destapen la mierda que se esconde bajo sus propias alfombras. Y en esto hay que pararse. Vale en Madrid o Barcelona, donde la necesidad ha convertido la prostitución en un recurso trágico y desesperado que se multiplica como metástasis invasiva justo cuando la crisis reduce la demanda y miserabiliza hasta el precio. Pero que en una ciudad gallega como Vigo la Junta Local de Seguridad tome entre otras medidas la de que la policía patrulle por el centro para disuadir a los clientes y propiciar la vuelta de las putas a su destino urbano, las putas afueras, es como pretender atacar las hormigas a cañonazos para acallar las voces de cuatro afectados por ese escándalo que la misma Iglesia llamaba antes de pusilánimes y ahora se llama alarma social. O para aplacar a varias televisiones que han enviado sus cámaras con la ilusión de convertir a dos prostitutas cogidas al despiste en multitud amenazante y dar alimento así a algún programa sobre marginales o sobre riesgos del contagio sexual, esa boñiga informativa para mastuerzas, mastuerzos o gaymastuerzos que hacen tertulia parlanchina sobre tales materias excrementales.
Comenzamos hablando hablando de una nueva serie en torno a un periódico de la televisión gallega y decíamos que esta sociedad tiende más a creer la realidad inventada en la pantalla que la de su entorno. En el sexo pasa otro tanto y así vemos programas alucinatorios como "Escuela de vírgenes" en que conocemos un centro de Amsterdam especializado en hombres incapaces de perder su inocencia. Mientras unos contratan clases, los pobres, por un coito sin traumas, otros pasan un hambre posbélica y darían cualquier cosa por tener uno digno en esta sociedad aparentemente hipersexualizada pero en la que, paradójicamente, tanta gente vive una sexualidad cicatera, internáutica, cutre, liliputiense, normativizada, insatisfecha.