Colegas en el oficio de la política, el presidente Zapatero y su homólogo Berlusconi se reunieron el otro día a tomar café en la mansión que el primer ministro italiano suele utilizar, según la prensa canallesca, para ciertas orgías propias del Decamerón de Boccaccio o del Satiricón de Petronio. A pesar de ello, el encuentro se saldó sin incidentes ni atentado alguno a la moralidad.
Paradójicamente, el progresista Zapatero representaba en esta ocasión a una cierta izquierda mojigata que aboga por la fidelidad de las parejas, extiende la rancia institución del matrimonio a los homosexuales y condena excesos eróticos de pago como los que se atribuyen al lujurioso Berlusconi. En justa correspondencia, Il Cavaliere interpretó en la reunión el papel de crápula que, billetera en mano, desafía las viejas convenciones burguesas cual nuevo Casanova con maquillaje e implantes de pelo. Sorprendentemente, la Iglesia apoya a Berlusconi y abomina de Zapatero; pero ya se sabe que el mundo anda al revés.
Como quiera que sea, el recatado presidente español y su depravado colega de Italia coinciden en la común devoción a las señoras. Lo que bien pudiera ser el principio de una gran amistad.
Zapatero se labró un merecido prestigio de feminista gracias a la promulgación de leyes que igualan a la mujer y el hombre en el derecho a ocupar una plaza de ministro (o ministra). No ha conseguido todavía, eso sí, que las damas cobren el mismo sueldo que los caballeros en los demás ramos de la actividad profesional; pero lo que de verdad importa es el propósito de favorecer a la parte femenina de la población.
Berlusconi bromeó en su día con esta política de Zapatero al sugerir que su gobierno era “demasiado rosa”; pero ello no obsta para que también él, a su manera, profese un caballeresco fervor por las mujeres. Prueba de ello es que trató de embellecer las listas electorales de su partido con jóvenes y hermosas damas procedentes del mundo del espectáculo: un empeño abiertamente progresista que, sin embargo, desató las iras de su esposa hasta costarle el divorcio.
Sea o no casualidad, lo que sí han conseguido ambos estadistas es que algunas de las mujeres promovidas a altos cargos por uno y otro coincidan en similares comportamientos públicos. Cada una a su manera, claro está.
La ministra italiana de Turismo, por ejemplo, fue captada por las cámaras no hace mucho cuando saludaba brazo en alto al estilo del Imperio Romano adoptado por Mussolini para su partido fascista. El gesto fue muy criticado, como es natural; pero ni Michela Bambrilla –que así se llama la ministra- ni el propio Berlusconi se sintieron en la obligación de disculparse. Bambrilla es a fin de cuentas una afamada modelo de lencería y antigua aspirante al título de Miss Italia que, con ese currículo, encaja de molde en el perfil elegido para sus candidatas por Il Cavaliere.
A la más módica y puritana escala del Gobierno español, también la ministra de Igualdad Bibiana Aido alcanzó cierto renombre estos últimos días por el gesto de levantar el puño durante una fiesta del partido que ocupa y disfruta el poder. Mucho más capacitada que su colega italiana Bambrilla, la joven Aido puede exhibir –además de cierta donosura física- su anterior experiencia como directora de la Agencia Andaluza de Desarrollo del Flamenco.
Fácilmente se deduce de ese dato que no hay comparación posible entre la política femenina de Zapatero y la de Berlusconi, salvo el afecto que los dos gobernantes latinos parecen sentir por las mujeres. Siempre habrá quien objete que tanto Bambrilla como Aido han llegado al gobierno bajo el mismo principio estético del adorno, pero tampoco conviene llevar tan lejos las similitudes. Ocurre, simplemente, que los primeros ministros de España e Italia son –cada uno a su estilo- unos caballeros de los que ya no quedan.
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