Hay estudios que demuestran que cualquier programa de televisión tiene asegurado un mínimo nivel de audiencia sin que importen en absoluto su contenido o su factura. Cuando yo era niño, me entretenía con otros chiquillos mirando con fascinación los televisores apagados en los escaparates de las tiendas y podría jurar que en los años sesenta la carta de ajuste de Televisión Española atraía a no menos de un millón de telespectadores. Aquel cartón para facilitar la relativa nitidez de los ajustes en el receptor carecía de contenido dramático, pero los muchachos de entonces encontrábamos fascinante su carácter alusivo, del mismo modo que nos excitábamos al presentir la carnalidad del sexo en la ropa femenina cacheada por el viento en los tendales. Recuerdo haberlo pasado bien de niño en una época oscura en la que no ocurría nada que no fuese pecado o que no constituyese delito, probablemente porque la expectación de las cosas resulta a veces más apasionante que las cosas mismas, lo que explica que con el paso del tiempo solo recordemos con agrado los episodios que jamás nos ocurrieron y aquellas otros que hemos tenido la suerte de olvidar. También es cierto que a veces ocurren cosas que al instante sabemos que son valiosas y disfrutamos de ellas sin necesidad de conocer su esencia o su misterio, guiados por ese instinto general que todos los seres humanos tenemos para saber que el teatro de Eugene O´ Neill tiene una hondura emocional de la que carecen las canciones de Carlos Baute y para no dudar que incluso un niño muerto puede distinguir entre mil besos cual es exactamente el que pertenece a los labios de su madre. Pocos finos para estas cosas, los políticos tienen la mala costumbre de decidir el gusto de los pueblos en función de confundirlo con sus propios intereses y programa en los televisiones públicas contenidos cuyo nivel cultural hace que muchos añoremos sinceramente la parrilla única de hace treinta o cuarenta años, cuando los autores de los “culebrones” eran Tennesse Williams, James Joyce, William Saroyan o Bertol Brecht y en las aldeas las mujeres le echaban de comer al ganado mientras se repetían para sus adentros aquellas frases de Chejov en las que medraba como caligrafía de seda la flor de los cerezos. ¿Cómo es posible, me pregunto, que tantos años después de aquello la gran conquista cultural de nuestros gobernantes sea un texto de “Os Tonechos”? ¿Qué diablos ha sucedido para que la inteligencia con la que la especie humana ha vencido tantas y tan terribles enfermedades no haya sido en cambio capaz de apartar de nosotros esos mórbidos contenidos de “Luar” en los que la Televisión de Galicia nos recrea un mundo viejo y chabacano en el que solo resultaría lúcida la decisión de cerrar los ojos un segundo antes de darle la espalda? ¿Y quien, y en nombre de qué, ha decidido cancelar aquel “Acompáñenos” en el que Xosé Manuel Piñeiro tantas tardes nos había hecho concebir la esperanza de que la TVG había decidido por fin gastar en dignidad y en inteligencia lo que hasta entonces tantas veces había derrochado en simples y odiosas lavativas? No podrán decir que lo hicieron por falta de calidad o por los bajos niveles de audiencia, ni alegar que era un programa hecho con mal gusto para ser deglutido por personas con la mente vacía. Si fue una decisión profesional, harían bien los jefes de la TVG en presentar su dimisión antes incuso de haberla meditado; y si fueron los políticos de San Caetano quienes metieron la mano en esto, conviene que sepan que en la decisión de cancelar el programa de Xosé Manuel Piñeiro han ido más lejos de donde podía llevarlos el camino y han tomado una decisión que los empobrece como políticos y hace que uno los vea como unos individuos enemigos de la luz y hostiles a la inteligencia, la clase de persona que se mantiene en el poder gracias a haber convertido la Televisión de Galicia en un incensario manejado por un puñado de infames y serviles costaleros adoctrinados en la idea mezquina de que los profesionales valiosos como Xosé Manuel Piñeiro, Alba Lago, Sonia López, Israel Pita, Fidel Fernán o Dorotea Bárcena, solo tendrían derecho a prosperar en la TVG el día que se convenciesen de que en esta tierra la libertad es un inesperado descuido del Poder y la inteligencia solo sirve de algo si se utiliza para disimular el talento.
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