El final de las vacaciones ha devuelto a la realidad a todo el mundo (la crisis persiste, el paro aumenta) y nos ha retornado a un Gobierno que parece gastado y sin rumbo. Prueba de ello es lo sucedido en dos culebrones con los que nos ha amenizado el verano: la subida de impuestos y el pago de 420 euros a los parados que han agotado la prestación.
En el primer caso, tras enviar a José Blanco de globo sonda (con amenazas de subida a las rentas altas, entendidas como superiores a 50.000/60.000 euros brutos), Zapatero no concreta y sólo aplica aumentos a las rentas del capital (y es que el PSOE tiene bastantes votantes que ingresan más de los citados 50.000 euros). Tampoco se va al fondo del asunto: si se quería quedar bien con el electorado y castigar a las rentas altas, ¿por qué no entrar en las SICAVs, esos instrumentos financieros para grandes patrimonios que sólo tributan el 1%? Porque evitamos que las grandes fortunas (440.000 "ricos" españoles tienen parte de su dinero en SICAVs) se fuguen a paraísos fiscales, como afirmó sin empacho la ministra Salgado.
La segunda cuestión manifiesta los condicionantes del gobierno para sacarnos de la crisis: la "obsesión" de Zapatero para que los sindicatos no convoquen una huelga general y su exigua mayoría parlamentaria. Al final, sindicatos y partidos minoritarios han obligado a rectificar la propuesta de otorgar el subsidio a parados sin prestación con validez desde 1 de agosto… a retroactividad desde 1 de enero. Se gana paz social y apoyo para los Presupuestos, pero a costa de los contribuyentes y de alejarse de los votantes moderados (los que oscilan entre PP y PSOE, los que votan a CiU y PNV), un mal augurio si quiere vencer a un Rajoy que no ve necesario hacer nada para que el Gobierno caiga por sí solo.