A los niños difíciles se les asustaba tiempo atrás con la amenaza del Coco, el Hombre del Saco y el Sacamantecas, entre otros seres imaginarios. Ahora que las ciencias han avanzado una barbaridad es el Padre Estado quien se encarga de agitar otros cocos con el aparente propósito de meterles el miedo en el cuerpo a los adultos para que se porten bien. El último de ellos es la cochinada de la gripe A que está sembrando el pánico en la ciudadanía a la vez que desata el jolgorio entre los ejecutivos de la industria farmacéutica.
Se ignora si la mentada dolencia va a ser, como parece, un simple trancazo de consecuencias menos graves que la gripe de toda la vida o por el contrario el virus mutará hasta convertirse en una pandemia de efectos devastadores para el género humano. Las autoridades sanitarias no acaban de ponerse de acuerdo, pero alguna pista puede dar el hecho de que la ministra española del ramo vaya por ahí dando besos a la gente en abierta contradicción con las recomendaciones de su propio departamento. Si ni siquiera los gobernantes se comportan de acuerdo con lo que predican, fácil es deducir que tal vez estén sobreactuando; pero tampoco hay que confiar demasiado en las apariencias.
Lo que sí se sabe es que la campaña lanzada por el Ministerio de Sanidad ha tenido ya felices efectos sobre el comercio minorista de las boticas, detalle que siempre es de agradecer en estos tiempos de crisis.
Cuentan efectivamente los distribuidores farmacéuticos que la venta de mascarillas se ha disparado en los últimos meses, al igual que la de otros materiales útiles para evitar contagios. Exagerada o no, esa aprensión ha de redundar sin duda en un aumento de la actividad –y por tanto, del empleo– en las fábricas que se dedican a manufacturar este tipo de productos. Puede que algunas de ellas estén en China o cualquier otro exótico emplazamiento, pero tampoco hay por qué ponerse en plan tiquismiquis. Pequeño o grande, algún beneficio económico habrá de dejar por aquí esta movilización general contra el bicho de la gripe ex porcina.
Otra cosa es el fundamento que pueda tener la alarma de la Organización Mundial de la Salud, lógicamente atendida por los gobiernos de casi todo el mundo. Por si sí o por si no, las autoridades sanitarias han encargado dosis masivas de antivirales, contradiciendo la vieja teoría de los médicos según la cual la gripe puede curarse de dos maneras: en siete días, sin tratamiento alguno, y en una semana con la oportuna medicación.
Para mayor seguridad, el Gobierno acaba de firmar un pedido de vacunas suficiente para inmunizar al 60 por ciento de la población española, al tiempo que se dispone a probar su eficacia en una muestra de 400 niños. Los resultados no se sabrán hasta dentro de seis meses, pero ello no es obstáculo para que se comience a aplicarla antes de que se compruebe su validez. Suena un poco raro, pero ya se sabe que la prevención es lo que importa.
Todo esto recuerda vagamente a la psicosis desatada hace una década por el llamado “Efecto 2000” o “Y2k” en su versión inglesa. Aquella iba a ser una epidemia informática que, al parecer, volvería locos a los ordenadores de todo el mundo el día 1 enero de 2000 con efectos tan pavorosos como el colapso general de las comunicaciones, la paralización de los aeropuertos, un caos de tráfico, apagones en todas las grandes ciudades y otras desgracias sin (o más bien con) cuento. Llegó el día 1 y no hubo nada; pero lo cierto es que ya se habían gastado miles de millones de euros y dólares en la prevención del imaginario problema.
Esto de la gripe es más serio en la medida que atañe a algo tan delicado como la salud; pero sean ciertas o no las aprensiones, el coste financiero va a ser el mismo o acaso mayor. De momento, los laboratorios farmacéuticos no tienen queja. Ni miedo alguno al coco, por supuesto.
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