Pues la verdad es que, dicho con el máximo respeto para la institución y para la persona. no parece haber sido, el señor presidente de la Real Academia Galega, ni cortés ni oportuno en su reprimenda a don Alberto Núñez Feijóo por causa de la política lingüística de la Xunta. No se discute su derecho, e incluso su obligación, a pronunciarse sobre algo que le va en el cargo, pero no era el lugar y tampoco la ocasión.
Aunque no hay unanimidad, ni mucho menos, entre los observadores, una parte de ellos coincide en que el marco de la filípica -la entrega de un premio en Celanova- reclamaba unas reglas de cortesía diferentes a las aplicadas por el máximo responsable de la Academia. Y quienes tal desagrado expresan manifiestan a la vez sorpresa tanto mayor cuanto que la figura de don José Ramón Barreiro ha sido y es un ejemplo de respeto y de sensibilidad.
En cuanto a la ocasión, algunas voces -sobre todo desde el lado nacionalista- han insistido en que su señoría tendría que haber manifestado antes su desagrado por la política lingüística del Gobierno gallego. Hacerlo ahora -insisten-, cuando las decisiones están tomadas, apenas significa una especie de brindis al sol, puede que espectacular pero del todo ineficaz, y la defensa del idioma precisa de otro tipo de gestos, e incluso más que eso.
Cuanto queda dicho sobre cortesía y oportunidad es, naturalmente, subjetivo y por tanto opinable, como lo es la referencia que hizo el señor Barreiro a la conveniencia de que la Academia hubiese sido consultada por la Xunta a la hora de actuar en la materia. Ocurre que, en esto también, caben muchos matices, sobre todo si se tiene en cuenta que la política que discute la institución tiene el refrendo de la mayoría parlamentaria que los ciudadanos decidieron en las urnas.
Ese es un dato que la RAG y su presidente no debieran olvidar cuanto intervienen, aún en uso de sus atribuciones, en asuntos convulsos y circunstancias difíciles. Porque don Alberto Núñez, y así le replicó, consultó a quienes primero ha de hacerlo un político demócrata, que son los gallegos, planteándoles con claridad su alternativa y recibiendo respuesta contundente. Quizá habría sido más cómodo dejar las cosas como estaban, pero quienes piensen tal cosa debieran decirlo.
Así las cosas, quizá la mejor actitud sería la de no avivar el fuego y buscar soluciones de modo discreto. Justo lo contrario de lo que, en opinión de no pocos, hizo el señor presidente de la Real Academia. ¿Eh...?