Así pues, anunciada la intención de la Xunta de aplicar el refranero en eso de que a falta de pan buenas son tortas -entendiendo por aquel los ingresos y por éstas el déficit-, quizá no estén de más un par de reflexiones. Con ánimo constructivo, conste, que no todo ha de consistir en lo que decían los antiguos dialécticos de la movida: darle caña al mono -en sentido figurado, por supuesto- hasta que aprenda a leer.
La primera de esas reflexiones ha de ser para subrayar la aparente desconexión entre los dichos del PP en Madrid, que fustiga al gobierno del señor Zapatero por acumular deuda, con los hechos de Galicia, que en el fondo tienen la misma lógica, aunque quizá mejor planificación aparente, que los de don José Luis. Y es que ya se sabe: en el fondo lo que importa es que el gato pueda cazar el ratón de la crisis.
La segunda reflexión ha de recordar, por más que recuerde a Pero Grullo, que el déficit público en determinados niveles compromete seriamente la libertad que los gobiernos siguientes, sean del color que sean, han de tener para elegir políticas. Y, lo que es peor, condiciona la vida de los gobernados de mañana, hoy apenas neonatos, algo que obliga a manejar la deuda pensando también en el porvenir.
Sin la menor pretensión de dar consejos a quienes en teoría deben dominar la materia, podría ser útil insistir en que, al decir de los expertos, en España la crisis tardará más que en cualquier otro país de la zona euro y, a la vez, dejará secuelas más profundas. Y eso, casi con toda seguridad, obligará no sólo a cambiar aquí las tácticas, sino a elaborar una nueva estrategia que enfoque de otro modo incluso buena parte de lo que parecía indiscutible.
O sea que, como dice otro refrán, dado no hay para gasto, ha de rematar el fasto, que viene a ser lo mismo -pero en román paladino- que predicar austeridad. Que debe ser en serio y no sólo con pellizquitos de monja al Presupuesto pidiendo a los directores de las escuelas que recorten gastos. Y así el señor presidente Feijóo tendrá que decidirse por fin a cortar hemorragias financieras como la Cidade da Cultura o la de ese monstruo que es la CRTVG. Por citar dos casos.
No es manía persecutoria ni confusión de necios entre el valor y el precio: es que si se compara entre lo que cuestan y lo que dan esos ejemplos, se puede medir mejor lo que implican. Y, ya que va de refranes, no estorbará otro: al fin y al cabo, a grandes males, grandes remedios. Si hay valor suficiente.
¿O no...?