Vale que en nombre de una habitabilidad más humana nuestros políticos hayan retirado los coches del centro histórico de las ciudades. Vale que nos abrumen con tasas para asegurar el sostenimiento de los servicios públicos y que nos digan lo que tenemos que decir y lo que podemos llevarnos a la boca sin delinquir. Aceptemos el empeño de nuestros dirigentes en que hemos de morir rebosantes de salud y demos también por válido que los políticos crean, con nuestro cobarde consentimiento, que sus salarios están muy por debajo de sus merecimientos. Todo eso está muy bien si eso es de verdad lo que queremos, pero, por el amor de Dios, no dejemos que nuestros políticos, que tanto nos tocan los sueños, las pelotas y los bolsillos, se permitan interferir en la Naturaleza con su obsesión por los rellenos, los paseos marítimos, los puertos deportivos y los pantalanes que tanto proliferan en unas rías que poco a poco se están quedando sin sentido por culpa de haberse quedado antes sin mar. Están en su legÍtimo derecho quienes hacen lo posible por educir los impactos de la Naturaleza sobre la existencia del hombre y construyen diques para evitar inundaciones, pero conviene no perder de vista que a veces es el hombre el que tiene que sacrificarse para no perjudicar las manifestaciones eternas y espontáneas de la Naturaleza, evitando en lo posible asentamientos que interfieran en el equilibrio medioambiental, sobreponiéndose a la tentación de poner la biosfera al servicio del turismo. La Ría de Arousa es ahora mucho más pequeña que cuando yo era niño y las olas rompían donde solían hacerlo desde la noche de los tiempos, de modo que, a diferencia de lo que ocurre ahora, ni siquiera era necesario renovar las tarjetas postales. Hace sólo treinta años podías coger medio quilo de camarones metiendo en una charca el zapato. Las salpicaduras de la pleamar saltaban desde el malecón hasta la leche de la cena de los niños y puedo asegurarte que había berberechos a puñados donde ahora aparcan sus coches los turistas, a cuatro millas de donde los marineros vaciaban de centollos sus dornas para no zozobrar con el sobrepeso de tanta abundancia. ¿Sabes?; el mar era entonces tan intocable como el cementerio y aunque eran propensos a tocarle las narices al pueblo, no había un solo cacique al que se le pasase por la cabeza la idea de tocarle un solo pelo al mar. Mi generación soportó estoicamente que el franquismo le hurgase en su conciencia y le limitase la libertad, pero, que yo recuerde, nadie desde el Poder se atrevía a meterle la mano al mapa, de modo que con independencia de que las cosechas del campo fuesen abundantes o paupérrimas, y al margen de las naturales fluctuaciones de la lonja del pescado, el Régimen se tentaba mucho la ropa andes de modificar el paisaje porque sabía que un pueblo puede aguantar estoicamente que le corten los pies, pero no soportaría que le moviesen de su sitio el suelo. La llegada de la democracia supuso para todos un razonable motivo de esperanza y la lógica expectativa de que las cosas irían a mejor o, al menos, no empeorarían. Pero cada vez que uno regresa a Cambados, mira a su alrededor y se pregunta donde diablos ha ido aparar el mar, qué fue de las olas que los políticos le han recortado a las mareas con sus rellenos y con sus pantalanes. Fefiñáns está mas limpio y cuidado que nunca y no ha perdido un ápice de su encanto, el centro conserva con algunos veniales retoques el empaque de antes y en el barrio de Santo Tomé se mantiene intacta la atmósfera de serena humildad de cuando yo era niño, pero los políticos expulsaron el mar de donde estaba y ahora hay moles de piedra y bloques de cemento donde antes rompían las olas. A uno le entra entonces cierta angustia antológica y cree que la arrogante pandilla de memos que nos gobiernan -algunos de ellos simples criminales contra el medio ambiente- han convertido la Ría de Arousa en una simple y odiosa superficie comercial después de haber dilapidado una parte sustancial de la belleza actuando impunemente contra ella en nombre de un turismo cuya prosperidad irónicamente acabará por llevarnos a la ruina de la que nos creíamos a salvo gracias a que el mar era en allí auténtico dinero. Y si en los malos tiempos de la dictadura estábamos lejos del futuro, resulta que en treinta años de democracia esta reata de inútiles solo ha conseguido que en la Ría de Arousa la marea sea una de las cosas en las que apenas reparan los turistas porque, como es obvio, nunca antes había estado el mar tan lejos de la costa. Por sorprendente que parezca, para que los vertidos fecales no perjudiquen el agua los sabios de la Xunta han decidido suprimir el mar.
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