De la ciudad que no pudo ser al Vigo que debió ser (II)

Ceferino de Blas

 22:07  

Este es el segundo artículo de una trilogía con la que el autor aborda el proyecto de expansión y reforma interior que el prestigioso arquitecto gallego Antonio Palacios diseñó para la ciudad de Vigo. Hoy se cumplen precisamente 75 años de la aparición en la última página de FARO DE VIGO de la primera parte del escrito de dos destacados arquitectos y del ingeniero urbanista, autor del plano de Vigo, contra el Plan Palacios.

Vigo, la ciudad que no sabe cómo quiere ser, y que cada generación que se sucede aspira a transformarla, pudo llegar a ser la perla del Atlántico, por emplear el lenguaje al uso en los años treinta, cuando el arquitecto Antonio Palacios proyectó su expansión y reforma interior. El diseño entusiasmo a los vigueses y recibió la aprobación de la corporación municipal y el obligatorio visto bueno del gobierno de la nación.

Pero el 8 de septiembre de 1934, lunes, dos prestigiosos arquitectos y el ingeniero urbanista, autor del plano de Vigo en vigor, firmaron la sentencia de muerte de aquel sueño, popularmente conocido como el Plan Palacios. El escrito aparecía en la última página de FARO DE VIGO de la fecha con este titular: "Destacados especialista y arquitectos se oponen al Plan del arquitecto Palacios para la reforma de Vigo".

El plan Palacios ha entrado en el mundo de los tópicos de los que todo el mundo habla, pero que pocos conocen en detalle y la mayoría ignora, salvo que se trata de un intento de hermosear la ciudad. ¿En qué consistía el famoso plan para reformar Vigo, y cuáles fueron las razones de que tan destacados urbanistas se opusieran con tanta contundencia? Vamos a recordarlo someramente.

Estamos en 1934, en plena República. Vigo tenía 70.000 habitantes, más los 30.000 de Lavadores, entonces ayuntamiento independiente. Vigo, cuyas murallas habían sido derribadas en los años sesenta del siglo XIX, crecía desordenadamente por el ensanche y la franja costera, incluido el puerto, cuya ampliación, entonces, como ahora, encontraba oposición. Ahí están los artículos de Jaime Solá, el fundador de la revista "Vida Gallega", criticando el relleno del Areal para ganar muelles. Era el Vigo que cultivaba el viguismo y de los "rancios vigueses", que enraizaban en la ciudad desde varias generaciones y cuyo amor a su urbe, a la que habían convertido en la más vanguardista e industrializada de Galicia, nadie cuestionaba. El ejemplo más patente era la recuperación del culto al olivo, símbolo de la ciudad, al que circundaron con la artística valla de hierro que aún conserva, en el paseo de Alfonso, lugar privilegiado frente al mar, del que mana la vida y la riqueza .

Por aquellos años, la Asociación de Hijos de Vigo, potentísima y muy activa, había trasladado los restos de Cachamuiña, el héroe de la Reconquista, de su tierra natal orensana a Vigo, había potenciado las relaciones con Santiago, dando nombre de plaza de Compostela a la Alameda y con Oporto, creando la plaza de Portugal, a la que se llegaba por las artísticas escaleras - obra de Lafuente- que ahora lucen junto al Ayuntamiento, tránsito entre Venezuela y la Ronda. En este Vigo, orgulloso de sí mismo, que seguía expandiéndose y pretendía conservar y mejorar su casco histórico, surge el Plan Palacios, ante la necesidad de modernizar la estructura urbana de la ciudad y ensamblarla con su pasado constructivo irrenunciable.

¿Cómo imaginó ese Vigo Palacios? No como una ciudad cerrada en sí misma, sino formando un conjunto con los demás pueblos de la Ría, desde Arcade a Baiona. Vigo no podía ordenarse sin tener en cuenta el desarrollo urbanístico e industrial del entorno costero de la Ría.

Esa fue una de las trampas legales que le imputaron sus rivales: las condiciones administrativas del proyecto se circunscribían al concello vigués y la propuesta de Palacios abarcaba el ámbito de la Ría. Sin embargo, el grueso de los argumentos de sus opositores se centraron en el contexto de la ciudad.

Siempre ha habido una cuádruple interpretación del urbanismo local, que coincide con posiciones ideológicas discrepantes. Están los radicales, que aseguran que Vigo es un desastre y precisa una vuelta de calcetín y los pragmáticos, que postulan reformas asumibles, y perciben Vigo como un pueblo habitable, con zonas y edificios de época estimables y otros que son fruto de su tiempo pero no extrapolables, como el desarrollismo de los sesenta-setenta (Travesía de Vigo), con construcciones académicamente impecables, como las de la zona de Fenosa, la barriada de Coia de Caixa Vigo o incluso el "rascacielos" de la isla de Toralla, que impidieron que el mal fuera aún mayor.

Están los que defienden la posición ecléctica o de síntesis, partidarios de una reforma profunda de lo existente y de innovaciones respetuosas. Finalmente está la posición economicista, que asumieron los propietarios contrarios a la reforma de Palacios, y encarnan ahora quienes abogan por un crecimiento expansivo y demográfico de Vigo y porque genera riqueza, aunque suponga costes de tipo estético, ecológico y urbanístico.

La nueva generación de constructores vigueses se diferencia de aquellas de los años veinte-treinta por que es más práctica y tiene menos prejuicios sociales. El resultado son las dos mil y pico de viviendas y bajos comerciales fuera de la legalidad, sobre los que pesan sentencias de derribo, y que ahora se intenta legalizar con el nuevo Plan de Ordenación del 2008.

Estas posiciones se enfrentaron hace setenta y cinco años. Palacios era partidario de la primera: radical. Sus adversarios asumieron la segunda: pragmática.

¿Cómo era la urbe que diseñó Palacios? Seguía las pautas en boga de "zonificar" las ciudades, y elaboró un proyecto que dividía Vigo en dieciséis zonas, que resumo.

El Área marítima abarcaba seis zonas. Situaba el entramado industrial fuera del casco de la ciudad, tras el monte de la Guía, en dirección a Redondela. Allí se ubicarían las industrias conserveras y los astilleros. La zona portuaria comercial ocupaba el lugar siguiente a la punta de la Guía, delante de la barriada del Areal. Las zonas III y IV estaban destinadas a cabotaje y movimiento de viajeros. Seguían la dedicada a la pesca -"única y fundamental razón de la existencia de Vigo"-, y la denominada zona balnearia, "que en el futuro será una de las fuentes de riqueza" con el turismo. Iba desde la punta de Cabo de Mar en Samil hasta Baiona.

El meollo del Plan se concentra en el Área Interior, que abarca la superficie comprendida entre el núcleo de aglomeración urbana de la ciudad y el concello de Lavadores. Perseguía dos objetivos fundamentales: la extensión de la población para crear nuevas viviendas y el saneamiento de las viejas construcciones que tantos problemas higiénicos causaban.

La VII zona, la más importante, es la administrativa. Engloba el aspecto más conocido del Plan Palacios, y el que más radical oposición encontró, en el que Vigo se asemejaba a una ciudad-estado. Suponía la creación de la denominada Rúa de Galicia que, partiendo de la Estación Marítima, ascendía hasta la plataforma de San Sebastián, donde situaba el Palacio Municipal (Ayuntamiento). A continuación se prolongaba por una gran escalinata, proyectando en la cima del castro el Palacio regional (alcaldía). Todos los edificios oficiales que flanqueban dicha calle conformaban la gran área administrativa, eran el eje de gestión de la ciudad. Allí se ubicarían el gobierno municipal, la Justicia, la Sanidad, la riqueza y la cultura (biblioteca, museos). Es la zona que Palacios trata con más esmero, la que aparece en la maqueta que se conserva del proyecto, que tanto llama la atención y cautivó a los vigueses de la época. Pero esta zona es, como dice el arquitecto José Luis Pereiro, el resultado de "una gran imaginación, una preocupación por la silueta de la ciudad, pero que dificilmente podría llegar a buen término, aunque se contase con los medios legales".

La VIII zona era comercial y de viviendas. Abarcaba espacios como Sol, Policarpo Sanz, García Barbón y Pi Margall, así como Areal y Colón. Palacios recomendaba moderación en la reforma interior, por el cuantioso coste de las expropiaciones e indemnizaciones de terrenos y edificios, pero ambicioso en sus intenciones para el Vigo del futuro citaba el ejemplo de Le Corbusier en París donde propuso arrasar el núcleo central para trazar la nueva ciudad.

Las restantes zonas serían: IX, Universitaria; X, médico-sanitaria; XI, ferroviaria; XII, casas económicas, con municipalización de los terrenos donde debían instalarse los barrios obreros, con ocho tipos de viviendas. La XIII estaba dedicada a los nuevos barrios residenciales, que se configuran en los espacios comprendidos entre los límites del núcleo urbano y las zonas balnearias. XIV. Zona militar y jurídica, en una extensión de 275.000 metros cuadrados, que actualmente ocupa el Club de Campo. XV. Zona forestal. XVI. Espacios libres.

Esta visión de la ciudad fue del agrado de los vigueses, cuya corporación municipal, que presidía el arquitecto Salgado Urtiaga, respaldó el proyecto cuantas veces se sometió a debate.

Pero el entusiasmo de la inmensa mayoría no era compartido por un grupo de poder local - propietarios de terrenos afectados por las reformas-, que encontraron el apoyo y el argumento de autoridad de tres notables especialistas.

Ya circulaban por la ciudad rumores y críticas, basados en el coste del proyecto, cuya ejecución arruinaría a los vigueses, desde que el Plan Palacios fue expuesto a información pública. Procedían de sectores minoritarios, pero muy influyentes.

Ciertos estudiosos achacan a la burguesía industrial, afincada en Vigo pero foránea (los catalanes), el crecimiento desordenado de la ciudad, que llegó a elaborar sin éxito seis planes de ensanche en el siglo XIX. Pero es una opinión cuestionable.

Pocos imaginaban que el ataque más feroz llegaría de otros colegas de prestigio. Cuando apareció su escrito en la última página de FARO, fue como una bomba. Eran Jenaro Lafuente, hijo, arquitecto municipal, Manuel Gómez Román, presidente del colegio de Arquitectos y Ramiro Pascual, el ingeniero que en 1907 elaboró el plano de ensanche y reforma de la ciudad, todavía vigente. El alegato se publicó en dos tomas en FARO, los días 8 - hace hoy 75 años- y 9 de septiembre de 1934. Sus autores son conscientes de la impopularidad de su escrito, puesto que la mayoría de la población aplaude el Plan Palacios. De ahí que mezclen la contundencia de los argumentos con la persuasión para evitar que los vigueses sigan "ciegamente" las propuestas de su rival.

La terna discrepante justifica su entrada en escena "por la trascendencia enorme para la Ciudad" del caso. Dividen su escrito en tres apartados con razonamientos que ponen de manifiesto: los errores técnicos de concepto, los errores técnicos de detalle, y los errores económicos y financieros de que el Proyecto adolece.

En los errores de concepto, tachan al Plan Palacios de antiguo y decimonónico. Aducen que en los últimos tiempos se han producido transformaciones en la sociedad en todos los órdenes y ha sido en el urbanismo, donde los conceptos básicos han sufrido el cambio más radical. Palacios incurre en el criterio urbanístico "que pudiéramos llamar del siglo pasado más atento al aspecto suntuario y monumental, más preocupado de una bella simetría y un aspecto artístico que de los problemas de la colectividad"...

El primer gran fiasco "es la Gran Vía de Orilla Mar o Vía Atlántica, cuyo trazado invade los muelles, y desde Bouzas hasta Samil suprime todas las playas intermedias, haciendo también desaparecer los márgenes y rincones de la Ría que son su mayor encanto". La misma finalidad que se persigue puede conseguirse con una carretera de la costa que lleve el tráfico a Samil.

Respecto al proyecto del Castro, el más ambicioso de Palacios, manifiestan "la más absoluta disparidad". Proyecta grandes avenidas y amplias plazas, algunas de setenta metros de diámetro... "y todo esto para perseguir la finalidad de convertir este monte en un cuerpo arquitectónico basamental de ese enorme edificio que destina a Palacio regional que proyecta en su cúspide, de siete mil quinientos metros cuadrados de superficie y ciento cuarenta de altura".

Por el contrario, opinan sus adversarios, "el Monte Castro, como prolongación natural de la ladera de la ciudad, debe conservar su especial característica y fisonomía, y todas las obras que se realicen deben ser de adaptación y respeto".

Además, la viabilidad económica del proyecto es inasumible, y el ejemplo de Madrid a que alude Palacios es incomparable. Madrid tiene un millón de habitantes y es la capital del Estado, con un presupuesto anual de 125 millones de pesetas, y el presupuesto de Vigo no alcanza los 4 millones (el periódico cuesta 10 céntimos de peseta). Además la crisis castiga a la ciudad y los previsibles beneficios de la aprobación del proyecto urbanístico no servirían para ejecutar una mínima parte del Plan.

En suma, la majestuosidad del proyecto, "los formidables anchos" de plazas y calles, que desperdician tanto terreno utilizable, el derribo de calles y edificios por el trazado de las nuevas grandes vías, el destino de terrenos muy válidos en Coia y Navia, para un aeródromo (430 mil metros) y en Sárdoma para embalse, lleva a los críticos a rematar su escrito con este veredicto:

"Afirmamos rotundamente que el proyecto aprobado y que se trata de llevar a la práctica, lejos de favorecer el incremento de población y producir los beneficios de que se habla, constituye una seria amenaza a los intereses de todos". Y esta propuesta: "El Plan que conviene a Vigo es el adecuado a sus necesidades, a base de tener en cuenta los trazados que figuran en el plano que sirvió de norma a la urbanización hasta los momentos actuales, con las ampliaciones de ensanche y extrarradio que sean consecuencia natural de nuestra vida urbana".

Palacios y los discrepantes, a los que denomina "buenos amigos míos", aún polemizaron sobre el Proyecto de Ensanche y reforma interior de Vigo con otros escritos en las páginas del FARO, pero la suerte, como la de Julio César al cruzar el Rubicón, estaba echada. El escrito de los técnicos fue la puntilla al Plan, que sería definitivamente anulado en febrero de 1939.

Lamentablemente ningún proyecto urbanístico posterior siguió las pautas del proyecto Palacios, y todos, incluido el último en vigor, de 2008, no sólo no lograron ilusionar a la sociedad viguesa, al contrario, resultaron frustrantes, al extremo de que la ciudad no mejoró e incluso propiciaron perjuicios considerables al paisaje, al patrimonio y a la estética. No hay ciudad en España que tenga como Vigo tantos inmuebles pendientes de sentencias judiciales.

El Plan Palacios, utópico, majestuoso, pero también técnico - la zonificación y la idea de algún gran vial pudo haberse rescatado-, ilusionó a los vigueses. Tampoco se respetó la alternativa de sus opositores de ampliar el plano ya existente. Las actuaciones posteriores fueron economicistas e invertebradas.

Pero no se puede desechar el mensaje positivo. El legado del Plan Palacios es que los vigueses lo siguen recordando y no han perdido la ilusión de tener una ciudad que llegue a complacerles. Precisamente esa aspiración es una de las características que une a los vigueses. Luego es posible.

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