De modo que, a punto la llamada clase política de recobrar el toque propio del oficio y antes de que se metan de lleno en el primero de sus efectos que es la polémica, quizá no estorbe alguna reflexión sobre asuntos teóricamente livianos que, al final, condicionan más que otros la vida de la ordinary people. No alcanzan, con el estruendo, la notoriedad de otros, pero producen sorprendentes daños colaterales.
Uno de esos asuntos lo viene de publicar FARO: varios miles de parados sin subsidio, que podrían estar acogidos a planes específicos de ayuda, no han podido a causa de la lentitud -y estupidez- de la burocracia. Algunos lo explican por el hecho de que en medio ha sido agosto y ya se sabe que aquí en agosto la Administración -y casi todo- entra en letargo, y otros buscan justificarlo desde la idea de que la gestión pùblica tiene su marco, que ese marco es garantista y que las garantías llevan su tiempo en cualquier Estado de Derecho.
Pero no es tan así. Aunque no se niegue la mayor, que en definitiva consiste en respetar las normas de procedimiento para ordenar las cosas y evitar males mayores, es también evidente que las garantías han de suponer control pero no colapso y que las vacaciones implican quizá cierto ralentí pero no parálisis. Y en ningún caso se pueden argumentar los protocolos o las vacaciones para explicar lo inexplicable, como es que miles de personas se vean perjudicadas porque la burocracia -término al que algunos, con sarcasmo, añaden una erre-sigue aplicando aquello de que "las cosas de palacio van despacio".
En este punto conviene recordar que todos, o casi todos, los gobiernos que han sido prometieron -y algunos hasta la incluyeron en sus programas electorales- la reforma de la Administración para modernizarla y agilizarla. Una promesa que, como la de la reforma agraria, ha acabado siendo la "revolución pendiente" porque nadie ha hecho lo preciso para cumplirla en toda su dimensión y profundidad. Y por eso pasa lo que pasa.
El nacimiento del Estado de las Autonomías, que fue una fórmula política para intentar resolver el problema de los nacionalismos periféricos y "acercar la Administración a los administrados" se transformó, en la práctica, en una especie de multiplicador de burocracias y por tanto generador de problemas antes que de soluciones. Y, siquiera a escala gallega, asuntos como el de los miles de afectados que contó FARO exigen aquella revolución.
¿O no...?