Galicia acaba de dejar atrás un verano trágico en las carreteras con un balance de 42 muertos en los meses de julio y agosto, casi un 11% más que en el mismo período vacacional del año anterior. Tan dramático recuento, propiciado sobre todo por un pésimo mes de agosto, que con 26 fallecidos (6 más que en el de 2008) se ha convertido en el más mortífero de los dos últimos años en nuestra comunidad, reabre el debate sobre las causas y los remedios de esta insoportable siniestralidad.
El balance resulta todavía más desalentador si se compara con el drástico recorte experimentado en el conjunto del territorio nacional donde por primera vez se ha bajado de la barrera de los 400 muertos (377 fallecidos, 70 menos que en el verano de 2008), retrotrayéndonos a niveles de 1963. Ese esperanzador resultado de las campañas de Tráfico en España tiene todavía más importancia si se tiene en cuenta que la red viaria de hace 40 años nada tiene que ver con la actual y que por ella apenas circulaban 1,7 millones de coches frente a los más de 32 millones que componen el actual parque automovilístico.
Por tanto, el escenario no puede resultar más desalentador: mientras en el conjunto de España la curva de la siniestralidad estival ha bajado un 15%, en Galicia ha ocurrido todo lo contrario. Pero lo que ha pasado en este período estival, no ha sido un hecho aislado. En lo que va de año, las políticas para reducir accidentes de tráfico no han tenido en nuestra comunidad los efectos deseados. Del 1 de enero al 31 de agosto, 136 personas han muerto en nuestras carreteras, un 10% más que un año antes.
Es pues la demostración palpable de que algo está fallando y necesita corregirse. Si bien la mortalidad en la red viaria gallega ha experimentado un descenso del 20,8% en los últimos seis años, lo que sin duda es un notorio avance, no deja de ser preocupante que seamos la comunidad, junto con Extremadura, donde menos se han reducido los muertos en carretera desde el año 2003. En el conjunto nacional, la caída ha sido del 55%, más de doble de la registrada en nuestra comunidad.
En Galicia no cabe pues el triunfalismo. Los propios responsables de la Guardia Civil de Tráfico en nuestra autonomía han llegado a mostrar una cierta impotencia y frustración por el incremento de muertes, máximo porque las causas suelen ser recurrentes: uno de cada cuatro fallecidos en julio y agosto conducían bajo los efectos del alcohol, la mayoría no llevaba puesto el cinturón de seguridad y circulaban a una velocidad excesiva. Está claro entonces que con las campañas orientadas a meter miedo poco o nada se ha conseguido, que resta una tarea ingente de formación vial y que hay que hacer más para educar al automovilista a todas las edades.
El efecto disuasorio del carné por puntos pierde fuelle y tres años después de la entrada en vigor de la nueva normativa, los conductores parecen haber olvidado el miedo a la multa o a perder todo su saldo de puntos. La última campaña de control de velocidad de la DGT en las vías gallegas se saldó en agosto con 3.892 conductores sancionados en apenas dos semanas por pisar a fondo el acelerador, lo que confirma una tendencia inquietante: las infracciones de este tipo se disparan un 15% y las denuncias, lejos de tener efecto, no logran frenar el aumento de víctimas, al contrario que en el resto de España.
Pero no sería justo personalizar en los mandos de Tráfico la responsabilidad de estos malos resultados. Resulta evidente, por ejemplo, la existencia de hábitos sociales muy arraigados, como es el consumo de alcohol –principal enemigo al volante– que resulta necesario combatir a fondo.
Además la siniestralidad está relacionada con el estado de nuestras carreteras, que pese a los avances de los últimos años todavía tienen mucho que mejorar. Las administraciones no siempre cumplen con su deber de mantener como es debido la red viaria y en muchas ocasiones su lento proceder sólo contribuye a agravar más los problemas. Como ejemplo, el último accidente mortal registrado el miércoles pasado en la vía de O Salnés, en Sanxenxo, en el último tramo que falta por desdoblar de esta carretera –uno de los puntos negros con más víctimas de Galicia– y que sigue a la espera de que nuestros gobernantes decidan convertirla de una vez en autovía hasta O Grove.
Eliminar puntos negros, corregir tramos con una elevada concentración de siniestros en especial en la red de carreteras secundarias –donde se producen la mayoría–, aumentar los largos de las plataformas, mejorar la calidad del firme, perfeccionar la señalización de los viales y eliminar los quitamiedos para proteger la vida de los motoristas es una tarea crucial que no puede esperar. La Xunta acaba de anunciar en su plan de infraestructuras hasta 2013 una inversión de 340 millones para mejorar la seguridad con el objetivo de reducir a la mitad la mortalidad por accidentes de tráfico en las carreteras de titularidad autonómica. Es la constatación de las graves deficiencias de nuestra red y de la enorme tarea que queda por hacer.
El altísimo coste en vidas humanas y dramas familiares que dejan nuestras carreteras no es algo inevitable y nadie está a salvo de ser una víctima más. Las autoridades con competencia en la materia han suspendido la asignatura del Tráfico en estas vacaciones. Además, septiembre no ha podido empezar peor: dos fallecidos en los primeros días de mes. Es hora, así pues, de que Galicia adopte las medidas que sean necesarias para reducir el número de víctimas en sus carreteras. Si el resto de comunidades lo está consiguiendo, Galicia también debe ser capaz de lograrlo.