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La pereza ideológica española

Matías Vallés

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Bertrand Russell dictó la ley de la pereza cósmica, que explica la reiteración infinita en la caída vertical de la manzana o en la elipse que recorre la Tierra. Chesterton prefería defender la rutina diaria del Sol como un bis que ofrecía la divinidad, satisfecha de la acogida que su interpretación recibía de los espectadores. Embellecida o no, la holgazanería del cosmos ha preservado a especies como la humana, que habrían desaparecido con un exceso de creatividad en el Universo. Este conservadurismo radical se traslada a la pereza ideológica española, incapacitada para salirse de sus raíles en un mundo que le ha perdido el miedo a la experimentación política, de Alemania a Japón.
La polarización irreversible de la vida pública española no sólo se advierte en el sistema de dos partidos únicos, sino en la longevidad de las personas que encarnan ese dualismo. Zapatero y Rajoy llevan seis años conviviendo como líderes de PSOE y PP. Si un cataclismo estelar no lo remedia, volverán a enfrentarse en 2012, cuando se aproximarán a una década copando el mapa electoral. Sin necesidad de vaticinar un resultado concreto, la pereza ideológica nos impide asombrarnos de que, tras esa cita con las urnas, ambos continúen al frente de los genéricos singularizados como izquierda y derecha. Dicho de otra forma, a fecha de hoy se desconoce el hipotético sucesor concreto de cada uno de ellos. No sólo en el interior de sus partidos, sino también en el exterior. Curiosamente, ninguno puede presumir de un liderazgo mitológico. No lo necesitan, el marco intocable les viene dado.
La armonía de su discordia está tan ensayada que PP y PSOE pueden abrazarse en Euskadi sin que peligre el maniqueísmo nacional. Cuando Zapatero y Rajoy hablan, se les adivina incapaces de albergar más de una fe o de combatir a más de un enemigo. Enarbolan la pana y el señoritismo –"pero si ustedes no saben leer, qué gente"–, con un tono ancestral. Marcuse los hubiera llamado unidimensionales, y su monopolio de la realidad política causa perplejidad al observar cómo la vecina Francia se apea de la pereza ideológica para votar espectacularmente a los Verdes, aunque sea en unas elecciones europeas. También el Reino Unido olvida la dialéctica decimonónica entre whigs y tories para experimentar con la droga dura del nacionalismo. Siempre, en porcentajes por encima del umbral del diez por ciento. En España, UPyD alcanza el tres por ciento y esa minucia se aborda como un fenómeno que socava los cimientos del Estado.
Alemania y Japón contradicen la revolución incluso estéticamente, por mucho que Marx situara en el primero de esos países la simiente para la materialización de sus ideas. Sin embargo, las elecciones parciales alemanas y las generales japonesas han desatado seísmos impensables en España. Una formación juvenil, que desafía los imperativos de edad, sexo y filiación empresarial triplica sus resultados y gobernará en Tokio. Los democristianos de Merkel no han de temer a los socialdemócratas sino a la pujante La Izquierda, que ya desbancan en algunas demarcaciones a sus hermanos moderados. Frente a esta agitación, la pereza ideológica española condena a ese país a un guión marcado, donde el peor candidato socialista de la historia –Joaquín Almunia– obtiene ocho millones de sufragios inamovibles.
La renuncia al dualismo pasa factura. Con el subterfugio de abandonar la brújula que distingue a izquierdas y derechas, el mundo se está peronizando. Sin embargo, se producen rebrotes del progresismo radical que deberían obligar a Izquierda Unida a abdicar de su apelación al malditismo o a la opresión bipartidista. Si en países más acomodados se ha podido eludir ese ventajismo, tal vez la creciente irrelevancia electoral de IU –"un modesto agonizante", por emplear la expresión que Valle-Inclán asignó a su propia extinción– radique en la incapacidad de sus líderes y de sus mensajes para perforar la pereza ideológica española. Después del big bang de la transición, España se adocenó en la monotonía del diálogo de la materia con la antimateria. Por supuesto, todo este artículo se ha cavilado buscando un contraargumento para el partido único con dos sectores –Demócrata y Republicano– que gobierna Estados Unidos pero, ¿puede acusarse de acomodaticia pereza ideológica a un país que nombra emperador del planeta a Barack Hussein Obama?

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