Uno de los grandes debates relativos a la enseñanza, a estas alturas y -aparentemente- superado el de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, es probablemente el que se refiere a cómo afrontar el creciente fracaso escolar. Un asunto clave, no ya porque los índices gallegos y españoles son inasumibles, sino porque de su solución definitiva depende quizá el futuro de este país.
Y no se trata de mera retórica. Si hay algo asumido como verdad en el mundo de la docencia es que de su capacidad para formar alumnos bien preparados en los diferentes niveles, desde la FP a la misma universidad, depende en gran parte la productividad y la competitividad de la sociedad en la que se integran y, por lo tanto, el papel que esa sociedad jugará en un contexto internacional complejo y difícil.
En este punto es preciso matizar que cuando se habla de competencia no se pretende citar como objetivo docente la idea de que hay que "llegar arriba como sea" y a costa de lo que y quien sea. Ese es, quizá, un error que, por repetido, ha llegado a convertirse primero en eslogan y después casi en dogma. Algo que ha sido como remedio peor a veces que la enfermedad que representa el propio fracaso escolar.
A partir de ahí, y para hacer frente a ese problema, habrá que empezar por revalorizar lo que significa la consecución de metas académicas, un logro que no se puede fundamentar más que en la conciencia de que para hacerlo hay que impulsar las ideas de esfuerzo y aun de sacrificio. Aquel antiguo, pero no por eso obsoleto, "quien algo quiere, algo le cuesta" que si se predica aportará brillantez a los curricula y temple a quienes los protagonizan.
En esa línea, y atendiendo siempre a que no se abandone la escuela por razón económica, parece aconsejable todo aquello que contribuya a fortalecer, como dice alguno de los invitados de FARO, el respeto a aquellos valores, y el método que en algunos sectores se defiende -primar la estancia de alumnos escolarmente mediocres con becas u otros incentivos económicos que no siempre necesitan- es un camino equivocado que aplaza, pero no resuelve, la cuestión. Cierto que puede aportar algún logro muy concreto, pero serán pocos y dudoso a medio plazo.
Lo que sea sonará, pero habrá que reflexionar despacio lo que se hace, no sea que, como ocurre con algunas malas escopetas, salga el tiro por la culata.
¿Eh...?