Sin la menor pretensión de escribir epístolas morales, no parece inútil, sin embargo, alguna reflexión sobre esa estadística del horror que se elaboran con las cifras de mujeres muertas por sus parejas actuales o pasadas. Y que no hacen más que crecer a pesar de que se elaboran leyes, se desarrollan medidas de prevención y campañas de información.
Una de las últimas tragedias, la ocurrida en Toén, ha conmovido de forma especial a este país. Y no sólo porque la víctima era una joven gallega, sino también por algunas circunstancias que no sólo certifican la maldad de algunos individuos, sino su creciente pericia en la búsqueda de modos para ocultar el delito. Ese parece ser el caso del presunto asesino de Laura Alonso y tal han sido las conductas de otros anteriores, y el hecho de que al final hayan sido capturados no debiera hacer olvidar esa circunstancia.
La mayor parte de los especialistas insisten en que es un error asumir que el motivo de esas conductas es sólo -o sobre todo- algún tipo de venganza que por supuestas ofensas aplican los asesinos, ni el resultado de desequilibrios mentales que desencadenan reacciones violentas. Parece aceptado que, salvo excepciones, si hay algún remedio habrá que buscarlo en la Sociología antes que en la Patología y, desde luego equilibrando prevención y represión.
A partir de ahí es probable que convenga situar en primer plano que las tareas preventivas han de tener como conditio indispensable la educación. Decirlo parece un lugar común, y añadir que ha de ser además una educación en valores un tópico, pero aun así conviene, porque la evidencia demuestra que demasiadas veces no pasa de la retórica y hay que convertirlo de verdad en un hecho asumido y colectivo.
La educación es siempre una vía lenta y por eso cuando el horror aparece los afectados directos y una parte de la sociedad tiende a priorizar la exigencia de otras medidas, inmediatas y en apariencia contundentes. Y eso es humano pero no es eficaz, como demuestran las cifras mismas: resulta preciso, por ello, profundizar en el otro camino por más que a veces el dolor y la indignación reclamen cosa diferente.
Pero esa educación no empieza y acaba en la familia y en la escuela: es una tarea social que ha de reclamarse y asumirse en común. Una buena parte de la violencia asesina se genera en el modo de vivir, en la confusión entre orden y autoritarismo o libertad y dictadura. Y como dijo el maestro Ortega una vez, "no es eso, no es eso".
¿Verdad...?