Aún no hace mucho, el verano era un tiempo de holganza, descanso y reparador aburrimiento. La gente viajaba hacia el tranquilo lugar de destino con la impedimenta propia de un traslado forzoso (familia, servicio, gatos, perros, loros...), y se cerraba a cal y canto el domicilio habitual. Los muebles se cubrían con unas sábanas y el escenario de la vida cotidiana adquiría un aspecto fantasmagórico, como el de los castillos abandonados. Los automóviles iban cargados hasta los topes y era frecuente habilitar una baca en el techo para las maletas, que iban atadas con unas cuerdas y cubiertas con una lona por si llovía o se levantaba demasiado polvo en la carretera. En la baca de los automóviles que zarpaban hacia el alegre mar de las vacaciones he visto todo tipo de cosas, incluido un colchón, porque siempre hay alguien que no se fía de la confortabilidad del dormitorio de destino y quiere asegurarse un buen descanso. Por lo general (y para quienes podían permitírselo claro), el veraneo familiar duraba dos o tres meses para la esposa y los niños en edad escolar, y un mes para los maridos, a los que se llamaba popularmente "los Rodríguez" cuando se quedaban solos en la ciudad, pasando calor y especulando con alguna improbable aventura amorosa. El objetivo fundamental del veraneo era descansar y no sofocarse en exceso, razón por la que las localidades del norte del país, normalmente frescas u bien ventiladas, eran las más apetecibles. En aquel tiempo, al achicharrante sur de España sólo iban los locos, los braceros, los ingleses excéntricos y los condenados al penal del Puerto de Santa María. Ya no es así. Ahora lo que se lleva es morirse de calor, quemar la piel en la playa por el día y aturdir la cabeza en la discoteca por la noche. Por si esto fuera poco, la agobiante propaganda turística obliga a trocear los treinta días de vacaciones que aún tolera el menguante Estado de bienestar y hay que hacer un hueco para la playa, otro para el monte, otro para un viaje al extranjero, y otro para los deportes de invierno, moda de la que todo el mundo participa haya o no nieve porque si no la tenemos natural la fabricamos artificial y esquiamos en bañador como si tal cosa (¿Cómo puede atreverse la naturaleza a interferir en la programación de las agencias de viaje y en la oferta estacional de moda de los grandes almacenes? ¿Si ya es primavera en el Corte Inglés qué nos importan el resto de los agentes atmosféricos?). Con un calendario de actividades tan intenso, descansar, aburrirse y papar moscas es un objetivo utópico, que a casi nadie interesa. Las vacaciones están para cansarse. De una forma distinta a la habitual, pero no por ello menos extenuante. En cualquier caso, bienvenidos a la normalidad. Hoy, por fortuna, ya es 1 de septiembre, uno de los meses más bonitos del año.