Siguiendo una recomendación del escritor Alfredo Conde, este verano conseguí hacerme con un ejemplar, y leer, Vida de Pi, del escritor canadiense, aunque nacido en Salamanca, Yann Martel. Vida de Pi, con el que Martel obtuvo en 2002 el prestigioso premio Booker, narra la historia alucinante de Pi Pattel, un chaval de dieciséis años que vive en un zoológico del sur de la India propiedad de su padre. Las ansias de un futuro más próspero empujan a la familia a cerrar el negocio y emigrar a Canadá, hacia donde se embarcan en un carguero japonés con todos sus petates y algunos animales vendidos previamente a zoos norteamericanos. A mitad de camino el barco zozobra y se hunde con toda su tripulación, pasajeros y animales incluidos, a excepción de Pi, que logra auparse a un bote salvavidas junto a un Tigre Real de Bengala, una cebra, una hembra de orangután y una hiena. El devenir de Pi junto a su extraña compañía en la inmensa soledad del Pacífico, la lucha por la supervivencia en el océano y en el propio bote, conforma el meollo de una historia sorprendente que destila, por encima de todo, un enorme amor por los animales. Y es el mismo amor, por cierto, con el que, en las primeras páginas de la novela se defiende y justifica, con una brillantez argumental demoledora, la existencia de los zoológicos. En ese sentido, Vida de Pi resulta de lo más terapéutica y tranquilizadora para quienes, encantándonos los zoos, siempre hemos disfrutado de ellos con cierto sentido de culpabilidad, pensando hasta qué punto, para poder contemplar a esas criaturas, les infligimos un dolor tan perpetuo como su encierro. Así que, asumidas las tesis de Pi, sobre las que no ha lugar extenderse aquí, corrí a visitar por enésima vez el zoo de Vigo, y volví a preguntarme por qué será que un recinto con un potencial turístico tan enorme languidece desde hace años sin una apuesta clara por su futuro. Los montes de A Madroa, donde se ubica, de una deslumbrante belleza paisajística, ofrecen todo el margen del mundo para crecer y convertirse en el gran zoológico –el único, en realidad- del Norte peninsular, y multiplicar exponencialmente los miles de visitantes que hoy recibe. Ahora, las autoridades comunitarias han advertido que debe ampliarse para cumplir la normativa europea sobre estos recintos, así que, haciendo del problema una oportunidad, esta podría ser, por fin, la excusa perfecta para apostar por el zoo de Vigo y convertirlo –como Barcelona, como Madrid, como Lisboa– en una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad. Lejanos aquellos tiempos en los que el zoo era la maría municipal, objeto de chistes fáciles en los plenos cuando el concejal de turno pedía más fondos para su mantenimiento, es hora de creer en él. Quizá también, para algunos responsables políticos, la hora de leer Vida de Pi, la increíble historia de Pi Pattel, el niño hindú a quien sólo su amor, su respeto y su profundo conocimiento de los animales le permitió, junto al Tigre Real de Bengala, sobrevivir.