Un somero repaso a la lista de desperfectos que se producen en el mobiliario urbano vigués por actos vandálicos provoca un importante sentimiento de rabia entre la gran mayoría de los vigueses que ven cómo buena parte de los ingresos que efectúan al erario municipal van a parar a reponer contenedores, farolas, bancos, papeleras...
Y ese sentimiento de impotencia se produce cada vez que el ciudadano normal, el que sabe divertirse sin necesidad de romper nada a su paso por la calle, se levanta por la mañana y observa cómo en su calle o en el parque más próximo se han producido los estragos.
Puede que sea cuestión de aumentar la vigilancia –Vigo es una ciudad cada vez más grande y cuenta casi con los mismos policías que hace cinco o seis años– o puede que sea una labor de concienciación social de aquellos colectivos que son propensos a realizar esos actos vandálicos. Pero alguien tendrá que poner coto a esta situación.
Parece increíble que, en los tiempos que corren, haya que destinar tan ingentes cantidades de dinero público a reponer elementos que son de todos y que destrozan los que, por gamberros o por enfermos, no saben salir a la calle sin estropear los bienes comunes.