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La CIA necesita otro nombre

Matías Vallés

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La sola mención del acrónimo CIA desata una reacción pavloviana que mezcla la sordidez –torturas y secuestros sin la interferencia de un juez– con la ópera bufa –intento de asesinar a Fidel Castro colocando un explosivo en sus habanos–. El denominador común de las operaciones secretas no es la crueldad, sino el fracaso, un vodevil con repercusiones dantescas que los hermanos Coen describieron magistralmente en "Quemar después de leer". La historia de la Agencia por excelencia está plagada de desastres en el análisis y en la intervención. A lo largo de la presente década, ha dañado la reputación de Estados Unidos con mayor efectividad que Osama Bin Laden. A pesar de las proclamas de Cheney, ningún dato avala que los métodos inhumanos infligidos a meros sospechosos rindieran informaciones sustanciales.
Al igual que otros presidentes antes que él –porque Bush hijo también desconfiaba de su servicio de espionaje–, Obama afronta el dilema de intervenir quirúrgicamente en la CIA. La catarsis debería ir acompañada de una crónica detallada de los excesos acumulados en fecha reciente, pero el inquilino de la Casa Blanca sabe que un espía desnudo es más peligroso para un país que un rey desnudo, debido al aura de misterio que envuelve a ambas profesiones. Ni los parches propuestos hasta la fecha, ni soluciones más imaginativas y audaces resolverán el problema de fondo, porque reside en las formas, en la denominación intrínseca CIA. La Agencia no tiene remedio, una labor de higiene sólo predispondrá al subconsciente colectivo planetario para un nuevo desastre ante el que estremecerse y carcajearse.
La guerra de Irak no sólo demuestra el sometimiento de los servicios de inteligencia a sus gobiernos, sino que esas organizaciones crean más problemas de los que resuelven. Todas las premisas falsas de la invasión estaban avaladas por el espionaje en sus diversas encarnaciones. Una vez más, CIA se asocia a una interpretación ridícula de la realidad. No es una cuestión de hombres, sino de nombres. Obama ha de escarbar en los rescoldos de la hoguera que lo llevó al poder para encontrar la energía que le permita disolver la Agencia. A continuación y dado que el mundo no está preparado para la supresión de espías superados por Google y Facebook, puede reflotarlos con otras siglas inofensivas. Esta treta –¿no se estaba librando una guerra psicológica?– desactivaría el rechazo inmediato que genera la marca CIA.
Los catastróficos desmanes de la CIA en el siglo XXI –los correspondientes a décadas anteriores han sido ejemplarmente diseccionados por Tim Weiner en "Legado de cenizas"– también albergan una lección para quienes están persuadidos de vivir en el primer día de la historia. Hitler liquida la constitución de Weimar en 1933, aprovechando el incendio del Reichstag y mediante un decreto en el que se establece literalmente el control de "los correos, de las comunicaciones telegráficas y telefónicas". El terrorismo siempre es una tentación para las derivas dictatoriales. La diferencia con la intervención efectuada por Bush es que el presidente norteamericano quiso denunciar al New York Times ante los tribunales por publicar su iniciativa secreta, en tanto que el líder nazi deseaba que sus medidas se difundieran al máximo.
También los "interrogatorios intensificados" –el eufemismo utilizado por la CIA para encubrir la práctica de la tortura– tienen su precedente en el concepto de Verschärfte Vernehmung que puso en marcha la Gestapo. El tratamiento no dejaba marcas corporales en los detenidos. Incluía la hipotermia, posiciones de estrés y privación de sueño. Ninguna de esas prácticas ha estado ausente en los manuales de la Agencia estadounidense, aunque los nazis no contaban todavía con la música de los Red Hot Chili Peppers, que se inscribe a todo volumen en el repertorio de torturas infernales a que han sido sometidos los presos de Guantánamo. Contemporizar es la vía elegida por Obama, una opción razonable si se pretendiera combatir comportamientos individuales. Sin embargo, el último escándalo de la CIA consiste en la elaboración de un elaborado programa de torturas, seguido a rajatabla por su escalafón. Para borrar lo ocurrido, el presidente americano también deberá eliminar para siempre las tres iniciales ominosas. No le bastará con una CIA light o sin alcohol.

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