“No se preocupe, señora: sólo está usted un poco embarazada”, dicen que le dijo un médico a su paciente para aliviar el temor de la dama a una indeseada preñez. Tan sensible y atento como aquel facultativo, el jefe del Gobierno español acaba de diagnosticar a los ciudadanos una próxima subida de impuestos y lo ha hecho de la manera más tranquilizadora posible. Nos va a operar la cartera, desde luego; pero tan ingrato trance tendrá un carácter “temporal” y “limitado”. Al igual que la señora preñada a medias, los sueldos quedarán un poquito más embargados que ahora y sólo durante un tiempo. Menos mal.
Algunos aprensivos temían, en efecto, que la subida de los diezmos al contribuyente tuviese un carácter definitivo y se dilatase per secula seculorum sin posibilidad alguna de ser derogada por este o cualquier otro gobierno. Peor aun que eso, los más hipocondriacos llegaron a recelar que el Estado fuera a quedarse con todo su dinero y a sacarles los hígados mediante un fulminante aumento al 100 por 100 de la cuota del IRPF.
A todos ellos ha venido a tranquilizar el doctor Zapatero con su sedante sonrisa. La subida de tributos será “limitada”, de manera que a los contribuyentes les quede algún dinero de bolsillo para gastar y así contribuir patrióticamente a que las fábricas, las oficinas y los comercios no se vean en la obligación de echar el cierre con sus trabajadores dentro. Además, el ajuste de tuercas a los sueldos por vía tributaria tendrá un carácter meramente “temporal” que durará –se supone– lo que duren las actuales dificultades económicas.
Este último es, si acaso, el único dato que podría suscitar cierta alarma. Efectivamente, Zapatero aseguró durante su primera comparecencia posvacacional que “lo peor de la crisis ya ha pasado”: una afirmación que, viniendo de quien viene, tal vez desate el pánico entre la ciudadanía en vez de contribuir a sosegarla. Y es que entre las muchas virtudes que sin duda adornan al actual presidente no figura la de adivinar el incierto porvenir ni aun la de percibir la gravedad del momento presente.
Inasequible al pesimismo, el jefe del Gobierno se resistía a admitir hace apenas un año que España estuviese sufriendo crisis económica alguna: y lo más inquietante del asunto es que creía de verdad en su diagnóstico. De lo contrario, no se hubiese embarcado en una política de gasto a caño libre que en unos cuantos meses dejó sin blanca y llenas de pagarés las arcas del Estado. Las mismas que ahora hay que remendar con una pequeña subida de impuestos, acompañada de la revisión de la famosa paga de 400 euros y acaso la de otras dádivas que el Gobierno ha venido prodigando en su infinita largueza.
Obligado a adoptar ahora una medida necesariamente antipática, Zapatero ha tenido al menos el detalle de quitarle hierro a la receta. Subirán los impuestos, sí; pero no a lo bestia sino en proporción bien aquilatada y sólo durante un tiempo que seguramente ha de ser tan breve como la crisis de la que ya hemos empezado a salir, digan lo que digan los analistas del resto del mundo.
Desgraciadamente, hay circunstancias que no se prestan demasiado a los matices. Las pruebas de embarazo no distinguen si una mujer está poco, bastante o muy preñada y a lo sumo se limitan a certificar cuántas semanas lleva en ese estado la futura parturienta. Se está o no se está. Otro tanto ocurre con los impuestos: uno puede subirlos o bajarlos de acuerdo con sus ideas y/o las necesidades de tesorería del Estado; pero carece de sentido añadir que sólo subirán un poquito y que además se trata de una situación transitoria. Quizá eso explique que el anuncio de Zapatero haya sido recibido con cierto embarazo –o molestia, que es sinónimo– por los trabajadores que ya pasan las de Caín para llegar a fin de mes. Ellos sí están un poquito embarazados, efectivamente. Los parados, ni eso.
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