Así que, oído el señor presidente Núñez en su regreso al trabajo tras las vacaciones, le va a resultar muy difícil a la oposición ponerle pegas a una buena parte de lo dicho. Y, de forma singular, a sus referencias a la política económica del Gobierno central y lo que respecta a la financiación de las Autonomías: de la primera, don Alberto afirmó ante la Cámara gallega que era un desastre y sobre la segunda, que perjudicaba a este país. Pues equilicuá.
Naturalmente, a la dispersa tropa de la oposición -sobre todo a la socialista, que es la más afectada, siquiera por el "efecto simpatía"- le faltó tiempo para salir en apoyo de los suyos matritenses, pero la misión es casi imposible. Y lo es por una razón sobre todas: la política económica del señor Zapatero. Suponiendo que se le pueda llamar así al conjunto de medidas que va tomando sobre la marcha ha puesto a España a la cabeza de Europa en déficit público y en desempleo, y eso -que además no ha resuelto ninguno de los problemas de fondo- no hay quien lo discuta. Y menos aún quien lo justifique.
(En este punto, y aunque el señor Núñez Feijóo no lo haya citado, conviene decir que lo económico aún puede ir peor con el aumento de impuestos que se prepara. Aún disfrazado con los tópicos habituales de quien no tiene argumentos -se alude al bajo nivel de la presión fiscal en España en comparación con Europa o a que el alza afecta sólo a los ricos- caerá como una plaga sobre todo aquel que tenga trabajo estable y gracias a él unos ingresos razonables. Y es que, por más que lo nieguen el señor Blanco y la vicepresidenta Salgado, el lujo en la España de hoy es tener empleo sólido y remuneración adecuada. Punto.)
Ya puestos, tampoco será tarea fácil discutirle a don Alberto sus críticas a la vicepresidenta por lo que a financiación se refiere. Porque apelar, como hizo la señora Salgado, a la morosidad de las Autonomías puede resultar cómodo, pero suena a excusa de mal pagador, y nunca mejor dicho: ha habido en estos cinco años largos de "gobierno Zetapé" una alegría a la hora de controlar los excesos -de todos, es verdad- sólo explicable por razones de búsqueda o consolidación de voto. Y eso genera en cualquier país serio responsabilidad política; de los controlados y del controlador.
Ha estado fino, sí, el señor presidente de la Xunta. En todo eso dicho y en lo que no dijo sobre la Cidade da Cultura, se llame como se llame al final. Y ojalá que aplique sentido común para evitar otro desastre y la remate con lo hecho.
Que ya llega, ya.