Antes de anunciar públicamente que padecía un inicio de alzheimer y retirarse definidamente de la política, el señor Maragall, cuando era presidente de la Generalitat, tuvo la inspiración patriótica de promover la renovación del Estatuto de Cataluña para convertirlo en un auténtico "estatuto de nación", que diría el señor Quintana. Como tantas otras iniciativas legales, el Estatuto de Cataluña no es una aspiración popular prioritaria, pero la clase política catalana, de extracción burguesa fundamentalmente, le da una gran importancia y la considera el instrumento idóneo para que Cataluña se desenganche poco a poco del Estado sin dejar de sorber hasta el último instante. La idea de que Cataluña "se encuentre cómoda dentro de España", la utilizaron alternativamente don Manuel Azaña y don José Ortega y Gasset durante el debate sobre el Estatuto en las Cortes de la República, en dos discursos memorables que les valieron entusiastas felicitaciones. Luego vino la Guerra Civil y del Estatuto no volvió a hablarse hasta que, en el inicio de la Transición, el presidente Suárez se trajo a Josep Tarradellas del huerto francés donde cultivaba hortalizas, y lo nombró presidente de una Generalitat reconstituida, en una jugada oportunista que conciliaba la legalidad republicana con la reinstauración de la monarquía constitucional desde la legalidad franquista. Puro encaje de bolillos. La iniciativa del señor Maragall sobre el Estatuto derivó en un arrebato constituyente del que participaron todos los partidos políticos catalanes, incluido el PP que lideraba el señor Piqué (conspicuo militante comunista en su juventud), y se regularon minuciosamente aspectos del comportamiento humano más propios de un reglamento que de una ley fundamental. Hubo bromas y chistes sobre el asunto, pero el disparate se complicó al anunciar el señor Zapatero, por razones de conveniencia electoral que, caso de ser elegido presidente, "aprobaría el Estatuto tal y como saliera redactado del Parlamento catalán". Ya en el poder, y convencido de que había dicho una tontería, el señor Zapatero propició en el Parlamento español un cepillado del texto, previo pacto por sorpresa con CiU en contra de sus aliados del Gobierno catalán. Ahora, la broma ha llegado al Tribunal Constitucional por un recurso del PP, y todos contienen la respiración antes de que se conozca el sentido de la sentencia, dado que los jueces están divididos. Unos le deben su nombramiento al PP y otros al PSOE. En cualquier caso, el lío está garantizado porque, de no salir las cosas a su gusto, los partidos catalanes pondrán el grito en el cielo alegando que se ha traicionado al pueblo de Cataluña. Y el primero de todos Ezquerra Republicana, que no lo votó favorablemente. A todo esto, el texto del Estatuto fue aprobado en referéndum con sólo un 49,4% de participación. Menos mal que nos queda el arranque de la Liga de Fútbol para distraer la atención.