Apenas veinticuatro horas después de que entrase en vigor su última dádiva de 420 euros a algunos parados, el presidente Zapatero se dispone a enmendarla al más genuino estilo marxista. El de Groucho Marx, naturalmente. Aquel cómico que en una de sus geniales inspiraciones sugirió a su interlocutor: "Estos son mis principios; pero si no le gustan, tengo otros".
No tan genial pero igualmente práctico, Zapatero dice ahora digo donde antes dijo Diego. O lo que es lo mismo: que estudiará cualquier ampliación del decreto por el que se concedieron ayudas a las gentes sin empleo sólo en el caso de que hubieran dejado de percibir el habitual subsidio a partir del 1 de agosto. La medida era en realidad una de tantas con las que el Gobierno viene tirando de la chequera del contribuyente para contentar a todo el mundo, pero esta vez le falló el tiro.
La presidenta en funciones había dado a entender, de manera más bien confusa, que los 420 euros de aguinaldo veraniego socorrerían por igual a todos los parados sin excepción, pero el texto finalmente publicado en el BOE estableció otra cosa. Y como es natural, el millón de ex trabajadores que perdieron su derecho a cobrar el seguro de paro antes de este mes se han sentido engañados por el Gobierno. Peor aun que eso, los que llevan dos, tres o más años en la cola del INEM consideran una injusticia que se prime a los últimos en agotar la protección del desempleo en lugar de atender a los parados más veteranos.
Tampoco resultaría justo que los afectados descargasen su ira en el presidente del Gobierno que con tan paternal talante trata de atender a las necesidades de todos y cada uno de sus súbditos. Según se aventuró más de una vez en estas croniquillas, Zapatero concibe el Estado como una especie de padre cuya principal –y casi única– función es distribuir pródigamente el dinero entre la ciudadanía del país sin distinción de clases: ya sean los banqueros, ya los jubilados, ya los jóvenes, ya los votantes en general.
Quiere decirse que, si del presidente dependiera, los 420 euros se repartirían equitativamente entre el millón y pico de parados que han perdido el derecho a cobrar las oportunas prestaciones de la Seguridad Social. Desdichadamente, los presupuestos del Estado ya no dan más de sí una vez desembolsados los 400 euros a los que se pagó el voto en las últimas elecciones y las multimillonarias ayudas recibidas por los bancos en previsión de que alguno de ellos diese en bancarrota.
Dolido por las protestas de los que se quedaron fuera del reparto de esa limosna mensual, Zapatero quiere darles ahora una justa reparación e incluso se ha ofrecido, algo ingenuamente, a reformar las ayudas para que "abarquen al número de personas que las puedan necesitar". Lo malo es que no hay dinero suficiente para tan benéfico empeño en las arcas del Estado y el presidente del Gobierno tampoco cuenta ya con un economista como el anterior ministro Pedro Solbes, que sin duda podría explicarle las causas de ese desaguisado en menos de dos tardes. El presidente, en fin, tiene un problema.
Hay quien acusa al actual jefe del Gobierno español de carecer de principio alguno y guiarse únicamente por lo que dicen las encuestas; pero esa es una mera exageración propagada por sus adversarios. Nada más lejos de la realidad. La experiencia sugiere más bien que Zapatero es un gobernante de principios flexibles que sigue los consejos del personaje encarnado por Manuel Manquiña en la película "Airbag": aquel gallego de Muros que lo mismo que te decía una cosa, te decía la contraria. Buen ejemplo de eso es lo que acaba de hacer justo al día siguiente de que se publicase el famoso decreto de los 420 euros. Y es que, al igual que Groucho Marx, el presidente tiene unos principios innegociables. Pero si a ustedes no les gustan, cuenta con otros de repuesto.
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