Un atleta jamaicano acaba de batir el récord mundial de velocidad recorriendo 100 metros en un tiempo de 9 segundos y 56 centésimas y en la prensa hemos vuelto a leer los ya habituales comentarios sobre la condición sobrehumana del campeón. "Si no se conocieran sus orígenes en la rural y profunda Jamaica —escribe un entusiasmado cronista— se pensaría que ha llegado de otro planeta para asombrar a los humanos". Otros colegas suyos, menos comedidos, le llaman directamente "extraterrestre", un término que se puso de moda para elogiar al ciclista navarro Miguel Indurain, ganador de cinco vueltas a Francia seguidas. A la prensa deportiva española —formada mayoritariamente por señores bajitos, calvos , barrigudos, y poco amigos del ejercicio físico— no se le ocurrió cosa mejor para explicar la superioridad de aquel mocetón sobre sus rivales que atribuirla a su procedencia de una galaxia lejana, más allá de los confines de la luna y muy lejos, por supuesto, de Villaba, su pueblo natal. Desde entonces, el calificativo de "extraterrestre" (o algo parecido) suele acompañar las hazañas de cualquier deportista que se salga un poco de lo común. Por ejemplo, en el Real Madrid, de la primera etapa de don Florentino Pérez, se les llamó "galácticos" a futbolistas fichados a precio de oro, que no respondieron luego a las expectativas creadas y preferían exhibir su talento en las discotecas en vez de en el campo de juego. Los términos son indudablemente exagerados, pero tienen su justificación. Desde tiempos remotos, los humanos hemos buscado en las lejanas estrellas la causa de nuestra existencia. Y la mayor parte de las religiones sitúan a los dioses en paraísos lejanos y prácticamente inalcanzables, excepto para los muertos que se hubieran comportado en vida según las normas que administra la casta sacerdotal respectiva. Un panorama, desde luego, muy poco atractivo. Ahora bien, la idea de que los seres de otros mundos, o de otras galaxias, son más fuertes, más listos y más guapos que nosotros, no tiene ninguna base científica y es más bien producto de una mentalidad supersticiosa. Nadie ha podido demostrar que los extraterrestres, caso de que existan bajo alguna forma animal, sean de una condición superior a la nuestra. Esos seres "venidos de otro planeta para asombrar a los humanos" (como escribía el cronista), no suelen tener buena acogida entre nosotros. Jesucristo, que era un extraterrestre de linaje divino, fue torturado hasta la muerte. Y los alienígenas de las películas tampoco suelen ser bien recibidos. El músico cubano Silvio Rodríguez tiene una hermosa canción en la que alude a un ser venido de otra galaxia que "iba matando canallas con su cañón de futuro". Fantaseamos demasiado con los extraterrestres. Mejor nos aplicábamos a mejorar este mundo.