A estas alturas es más que probable que al señor Núñez Feijóo, y en relación con las protestas de la patronal eólica, le hayan dicho ya, y sobre la anulación del concurso, unas cuantas veces eso de que "quien siembra vientos recoge tempestades". Cierto que es un recurso retórico demasiado fácil y hasta simplón, pero algo hay de cierto en él, sobre todo en lo que se refiere a las formas empleadas en lo referido al conjunto del proceso, antes y después de su llegada de don Alberto a la Xunta.
En este punto, y como suele acontecer, los exégetas de don Alberto podrían recordar, y con toda la razón, que el señor presidente de Galicia y su gobierno no han hecho otra cosa que ejercer su función, y además apoyados en informes jurídicos de la asesoría correspondiente. Y, además, que la Xunta está para defender los derechos de todos, sintetizados en el concepto "país" y, por tanto, no debe preocuparse sólo por los de unos cuantos, aunque -como los de quienes andan enfadados- sean tan poderosos.
Expuesto eso, que ya se dijo razonable, hay que insistir en otro detalle; el modo de hacer lo que se debe cuenta, como cuentan todos los gestos en democracia. Y, aceptando otras opiniones, todo el proceso del concurso eólico adolece de ese cuidado hacia las apariencias que, a veces, son la madre de la eficiencia. Excepto la convocatoria misma -y tampoco estuvo exenta de recelos-, lo demás ha sido una pura polémica, interna en el bipartito y externa desde el PP, que llegó a anunciar que lo derogaría antes incluso de conover al por menor cuáles podrían ser sus defectos auténticos. Y eso ha sido un consisderable error que, de algún modo, contamina y complica lo de ahora.
En este punto quizá pueda ser útil una reflexión: la de que a lo hecho pecho, y lo que procede ahora es acelerar los remedios. Lo que no quiere decir actuar con prisas, que siempre son malas consejeras, sino con otro ritmo que el administrativo que se le quiere imprimir. Porque es verdad que este país, sobre todo con vistas a su futuro industrial, no puede permitirse el lujo de situar entre paréntesis durante más de un año una parte esencial de sus intereses energéticos. O sea, estratégicos.
De ahí, y dicho sin otra pretensión que la crítica constructiva y leal, que el señor presidente Núñez Feijóo debiera recordar el refrán, por más que parezca frívolo, y dedicar a la cuestión de los vientos una segunda lectura. Podría ahorrarse tempestades, y aunque sólo fuera eso, estaría ya muy bien.
¿O no?