Así pues, ahora que la Xunta parece decidida a desatascar el asunto del área metropolitana de Vigo, y antes de que se abra otra guerra taifal -porque síntomas hay ya- quizá no estuviere de más alguna reflexión y sobre todo socilitarle a quien corresponda que la haga con sosiego. La primera, y quizá principal, acerca de hasta qué punto tiene sentido meter al país en el lío sin haber resuelto lo que muchos tienen por previo, que es la ordenación del territorio.
Se ha repetido ya, por observadores, por especialistas y desde luego por interesados que el concepto a aplicar cuando se habla de ordenación es el clásico: poner las cosas en su sitio. Y a fe que parece sensato determinar qué es lo que se pretende con esas áreas, cuántas convienen a Galicia y cuáles han de ser; se sabe que, aún así, habrá líos: lo que pasa es que con la tarea previa no serán a cara de perro ni dejarán secuelas tan importantes.
Aparte, habría otra cuestión previa que hace referencia a la coordinación entre esas figuras metropolitanas y otras entidades e instituciones con las que parece habrán de convivir. Por ejemplo los consorcios, desde luego las mancomunidades y, cómo no, las Diputaciones: si no hay una definición previa, lo más probable es que la resultante sea un lío de mil demonios y lo que antes se citó: una guerra taifal para ver quién se hace -en sentido partidario tan propio, por desgracia, de este país: o sea, quién lo mangonea- al final con el tinglado.
El señor presidente de la Xunta podría haber aportado algo de luz a todo ello cuando aludió a un cambio en el papel de las Diputaciones. Pero como lo hizo con el modo espeso y difuso, impropio de lo que hasta ahora había sido su estilo, provocó aún más embrollo: parece que busca que las Corporaciones se dediquen a los municipios pobres dejando las áreas metropolitanas para los prósperos, y eso, aparte de ineficaz, puede complicar aún más la burocracia que ya asfixia a este país. Porca miseria.
No se trata, con todo esto, de ejercer el siempre peligroso oficio de profeta, sino sencillamente de meditar sobre lo que puede ocurrir y cuánto tendría de inconveniente en un momento como éste, en el que todas la atención y los esfuerzos debieran concentrarse en un solo objetivo, que es hacer frente a la crisis. Algo para lo que don Alberto Núñez necesitará recuperar el estilo que le dio la confianza del país y que no era, como ya se dijo, el que ahora aplica: dejar que el tiempo ablande los asuntos graves, aún a costa de que empeoren.
¿No...?