Antes de sentirme atraído por el periodismo, quise ser otras cosas: cura, astronauta, pianista, y sobre todo, creí que podría prosperar en el ring como boxeador. Las crónicas de Fernando Vadillo ocupaban en mis preferencias literarias un lugar muy por encima de cualquier clásico y no creía que hubiese en todo el Siglo de Oro alguien que retratase la vida mejor de lo que lo hacía Manuel Alcántara cuando describía una finta, un “jab”, el embudo en el que el boxeador escupía la sangre al final de cada asalto, en una atmósfera llena de humo, con las sillas de ring rebosantes de intelectuales, de mafiosos y de actrices. No podía haber en el mundo nada mejor que aquella mezcla de sangre y alta costura. El boxeo lo era entonces casi todo para mí. Aún ahora recuerdo la derrota de Floyd Patterson ante Sonny Liston como una de las mayores desgracias que podrían haberme ocurrido, una tragedia de la que pensé que jamás podría reponerme, hasta que Cassius Clay tumbó a aquel negro feo y me sentí en cierto modo resarcido. A principios de los años sesenta el ambiente en las grandes veladas de boxeo tenían una envidiable altura social y su violencia se consideraba consustancial a la vida. A veces había velada en uno de aquellos lujosos casinos de Las Vegas y los púgiles se sacudían tremendas palizas mientras el público degustaba la cena sentado en mesas lo bastante lejos del cuadrilátero para que la sangre no le aguase el consomé a todas aquellas celebridades del cine y del crimen organizado llegadas desde Los Angeles, desde Chicago, Kansas City o Vancouver. Eran tiempos en los que los títulos mundiales de cualquier categoría se disputaban a quince asaltos y el médico solo se atrevía a parar una pelea en el caso de que su presencia fuese el último recurso antes de autorizar la entrada del enterrador. Nadie creía entones que aquello fuese cruel. En la II Guerra Mudial habían muerto sólo alguno años antes casi setenta millones de personas, de modo que dos docenas de puñetazos y medio litro de sangre parecían apenas una chiquillada, un espectáculo en el que la violencia se regía por normas y generaba personajes públicos que todos consideraban tan admirables como si fuesen hemorrágicos santos de plasma. A veces –Kid Paret, el primero- un coche colaba discretamente un féretro por la puerta de servicio hasta los vestuarios y los periódicos deslizaban dos días más tarde una gacetilla con la trágica noticia de aquella muerte a la que nadie creía verle explicación alguna. Gajes del oficio, se decía. Solo eso. Le ocurría a unos pocos perdedores. El resto, con Cassius a la cabeza, sobresalían y hasta cenaban langosta con el presidente en la Casa Blanca. Naturalmente, mi idea era ser uno de los supervivientes y figurar entre los grandes después de haberme jugado el tipo en el Garden neoyorquino contra un tipo mal encarado con cuya derrota podría vengar personalmente lo que le había ocurrido a Patterson la noche que el feo Sonny Liston lo destronó de su primacía en los pesos pesados y yo creí que me moriría con el disgusto. Como primer paso, me apunté a un gimnasio sin la menor preparación previa, en la seguridad de que la longitud de mis brazos sería sufriente para mantener a raya a cualquiera de los otros muchachos que pujaban por abrirse camino en el ring. Por supuesto, me equivoqué. Comprendí entonces que me faltaban furia, técnica y determinación, y que manejados con torpeza, mis brazos eran sin duda mi peor enemigo. Hice guantes durante tres semanas y disputé un par de combates de fogueo sin salir del gimnasio. No hice más. Fue suficiente. Los golpes que daba me hacían tanto daño como los que recibía. Volví a Vadillo y a Manolo Alcántara y me refugié en la canónica lectura de aquellos textos que olían a carmín y a resina, con la esperanza de que la gramática me llevase más lejos que el boxeo y con menos dolor. Ahora recuerdo aquellos días con cariños y ni me importa en absoluto no haberme subido nunca a un cuadrilátero en La Vegas para una de aquellas peleas con cena en las que los golpes sonaban como elegantes palmadas de astracán. Aquello no era lo mío. Lo sé porque, descontando que sea para pagar mis deudas, nunca se me dio bien sacar los brazos.
jose.luis.alvite@telefonica.net