Así que, visto lo que hay, pocas dudas caben de que a esta Xunta, y por ahora, le interesa más demoler lo ajeno -buena parte de lo que su predecesora dejó hecho- que ponerse a la tarea de construir lo propio. Y no faltan ejemplos: con la excepcion de la Ley del Litoral, que ha quedado entre paréntesis, y el Plan de Infraestructuras -acaso porque no lo había- que pactó con Fomento, todo lo demás de cierto nivel ha sido un mero ejercicio de corte, que no de confección.
Por si las dudas, podría recordarse sin esfuerzo que, además del concurso eólico sobre el que ayer se pronunció el portavoz nacional del Bloque, el Gobierno actual ha hecho despiece de la tarea anterior en la Lei do Solo, la del Habitat o el decreto de normalización lingüística; y, por lo que se anuncia, ahora parece dispuesto a entrar en el segundo escalón y eliminar el sistema de ayudas a los alquileres de viviendas "por ineficaz". Lo curioso es que lo hace a pesar de que, cuando gobernó el PP, no hubo uno mejor: váiche bóa.
En este punto, y para avisar que los ya abundantes exégetas profesionales del señor Núñez Feijóo se desgañiten cantando salmos a su jefe, alabando su quehacer providencial y recordando los resultados electorales, no estará de más puntualizar otro par de cosas. Una, que sin duda quien vence en las urnas gana el derecho de aplicar su programa. Otra, que sus acciones son opinables en todo caso, y sobre todo cuando se refieren a lo que no aparecía de modo expreso en el catálogo de propuestas sometidas a la voluntad de los ciudadanos.
(Se emplea la expresión "opinable" porque hay ya, en esa legión de aduladores que siempre acompaña la labor de los gobernantes, quien confunde el culo con las témporas y descalifica los análisis críticos imputándole intenciones sectarias. Incluídos los que se hacen con lealtad, sin rodeos ni camuflajes, pero sin otro propósito que recordar a quien tiene el poder que ha de ejercerlo sin la vanidad de creerse omnisciente. Algo difícil, parece, por lo raros que son los casos en los que no hay ese pecado.)
Sea como fuere, y dicho lo anterior, hay algo más sobre lo que debería reflexionarse. Que, aparte el derecho que asiste a quien gobierna para aplicar su librillo, es realmente muy dudosa la conveniencia de que dedique la mitad, o más, de su mandato inicial a borrar lo que el maestrillo anterior anotó en el suyo. Porque si el tiempo siempre es oro, en momentos como éste tiene aún más valor saber aprovecharlo bien.
¿O no...?